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miércoles, 29 de diciembre de 2010

F. MIRALLES " Vivir un amor libre y saludable "


                                                    "El beso" de Auguste Rodin      
 
La energía que mueve el mundo conduce a las personas a la libertad y a la realización cuando son capaces de amarse a sí mismas y a los demás sin esperar nada a cambio. Por Francesc Miralles.
En su libro Martes con mi viejo profesor, el periodista Mitch Albom cuenta lo que le sucedió en uno de los momentos de mayor confusión de su vida. Aupado en la cima del éxito, tenía la impresión de haber perdido el control sobre su existencia, cuando contactó casualmente con un viejo profesor de universidad, Morrie Schwartz, que le dio las lecciones finales en la antesala de la muerte. Hasta el último suspiro, alumno y maestro se reunieron cada martes para debatir sobre qué es lo que cuenta al final de todo. Estas lecciones llenas de sentido común y humanidad tuvieron como protagonista el amor. En opinión del viejo profesor, la mayoría de personas consumen la vida tratando de engullir algo nuevo: un juguete, un coche, una propiedad inmobiliaria… Pero nunca están satisfechas. Según el profesor, “estas personas tenían tanta hambre de amor que aceptaban sucedáneos. Abrazaban cosas materiales y esperaban que éstas les devolvieran el abrazo de alguna manera. Pero eso no da resultado nunca. Las cosas materiales no pueden servir de sucedáneo del amor, ni de la delicadeza, ni de la ternura, ni del sentimiento de camaradería.”
En sus últimos compases, Morrie Schwartz había comprendido que el dinero, el poder o el éxito nunca pueden sustituir al amor. Pero ¿qué es esa energía que hace mover el mundo?
El mito de la media naranja
Uno de los primeros pensadores que hablaron largamente sobre el amor fue Platón. En El banquete, llega a afirmar que es una energía tan poderosa que un ejército de amantes jamás podría ser vencido, ya que “no hay hombre tan cobarde a quien el amor no haga valiente y transforme en héroe”. Este diálogo se desarrolla durante un banquete –de ahí el nombre de la obra–, en el que los invitados inician una larga conversación sobre la naturaleza del amor, dando cada cual su visión del tema. Es, precisamente, en uno de esos discursos donde aparece por primera vez la expresión “encontrar la media naranja”, actualmente cuestionada por muchos psicólogos de pareja por considerar que todo ser humano es una naranja entera y no debe esperar a nadie para sentirse completo y realizado.
La fábula, contada por Aristófanes, explica que primitivamente existían tres razas humanas: los integrantes de una eran totalmente hombres; los de otra, mujeres, y la tercera, mitad hombres y mitad mujeres. Esta última especie eran los andróginos, inferior en todo a las otras dos. Los andróginos estaban unidos por el ombligo y tenían cuatro brazos, cuatro piernas y dos rostros en una misma cabeza, opuestos el uno al otro. Los dos seres unidos, al sentir amor entre sí, tenían hijos dejando caer la semilla a la tierra, como las cigarras. Además, era una raza fuerte y orgullosa, hasta el punto de que se atrevieron escalar el cielo para desafiar a la divinidad.
Para castigarles y restarles fuerza, Zeus los dividió en dos personas y encargó a Apolo la curación de la herida. Desde entonces, esas mitades se buscan y, cuando se encuentran, se abrazan para recuperar la unidad que tuvieron en el pasado.
El mito del amor romántico, ilustrado por Goethe en Las desventuras del joven Werther, bebe de esta antigua concepción de que al individuo le falta algo para sentirse completo y feliz. El desamor que sufre el protagonista por parte de su anhelada Lotte le lleva a quitarse la vida, actitud que fue emulada por muchos jóvenes de aquella época.
Todavía en la actualidad muchas personas contemplan el amor como el parche para una carencia existencial, lo que les lleva a crear relaciones de dependencia y a fracasar repetidamente.
cómo llegar a ser amado
Tal vez el ensayo moderno más leído sobre el sentimiento que nos hace humanos sea El arte de amar, de Erich Fromm, publicado por primera vez en 1956. En esta obra, el psicólogo y humanista alemán se pregunta si amar es un arte que puede ser aprendido, como lo son otras capacidades humanas. El inconveniente es que el aprendizaje de este arte choca con algunos prejuicios y errores de base que impiden que incorporemos el amor de forma saludable a nuestra vida.
Fromm argumenta que “para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste principalmente en ser amado más que en el hecho de amar, a la propia capacidad de amar. De ahí que el problema para ellos sea el hecho de conseguir ser amados, de ser dignos del amor. Para lograr este objetivo, siguen varios caminos. Uno de ellos, utilizado principalmente por los hombres, consiste en tener éxito, ser poderoso y rico, tanto como lo permita el margen social de su posición. El otro, usado especialmente por las mujeres, consiste en ser atractivo mediante el cuidado del cuerpo, de la ropa, etc. Pero hay otras formas de ser atractivo, empleadas tanto por hombres como por mujeres, como son las maneras agradables, la conversación interesante, ser útil, modesto, inofensivo…”
Otra de las dificultades que señala Fromm es que una persona sólo puede amar a otra si se conoce a sí misma y respeta su propia individualidad, ya que entonces estará preparada para comprender y respetar la de su pareja. Sin embargo, nuestro ritmo frenético de vida no nos permite conocernos, lo que dificulta un intercambio nutritivo con los demás. Por eso, ante la imposibilidad de conocer al otro, muchas personas tratan de moldear a su compañero según la imagen ideal que tienen de lo que debería ser el amor, lo cual sólo provoca su destrucción.
Fromm recurre al maestro Eckhart para definir el remedio universal contra todos estos males: “Si amas a todos los demás como a ti mismo, no lograrás realmente amarte, pero si amas a todos por igual, incluyéndote a ti, los amarás como a una sola persona.”
En sus conclusiones, este autor afirma que los ingredientes del amor maduro son el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento, tanto de uno mismo, como de los demás.
El valor de la paciencia
Justamente la responsabilidad es el talón de Aquiles de nuestra época, dominada por la búsqueda de satisfacciones inmediatas. La cultura del consumo sitúa el deseo fugaz como centro de nuestro sistema económico; tal vez por eso la paciencia es un valor en peligro de extinción.
Dos generaciones atrás, aunque las parejas estuvieran condicionadas por un rígido sistema moral, aplicaban la paciencia a un mal día o incluso a una temporada de menor entendimiento. Luego, en muchos casos, se reconducía la relación, que incluso salía fortalecida. Hoy en día, en cambio, parece que los sentimientos se han vuelto extremadamente volátiles. Un par de malentendidos o unas cuantas discusiones pueden acabar, en muchos casos, con la unión más sólida. En este sentido, la enorme oferta de relaciones en intenet contribuye a la dispersión. El amor se presenta como un producto de consumo y, si uno no está satisfecho con el que tiene en casa, simplemente puede adquirir otro fuera de ella.
Nada de esto ayuda a profundizar en el amor ni a construir lazos fuertes a partir de la responsabilidad, un valor muy bien expresado en un célebre pasaje de El principito, de Saint-Exupéry:
“Adiós –dijo el zorro–. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
–Lo esencial es invisible a los ojos– repitió el principito, a fin de acordarse.
–El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
–El tiempo que perdí por mi rosa…– dijo el principito, a fin de acordarse.
Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro–. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa.”
Darse libremente
Cuando se establece un vínculo fuerte entre dos personas, siempre existe el riesgo de que este lazo se convierta en una cadena hiriente. El amor mal entendido puede traducirse en celos, deseo de control y violencia psicológica o incluso física. El agresor ve a su víctima como parte de su propiedad y, ante el riesgo de perderla –como si le arrebataran esa mitad que tanto le ha costado conseguir– recurre a métodos de intimidación. Contra esta plaga que asola las páginas de sucesos de los periódicos, Jiddu Krish-namurti razona así:
“Libertad y amor van juntos. Amor no es reacción; si te amo porque me amas, se trata de un mero comercio, algo que puede comprarse en el mercado. Amar no es pedir nada a cambio, ni siquiera sentir que se está dando algo; y sólo un amor así puede conocer la libertad. (…) Debemos descubrir por nosotros mismos lo que significa amar, porque si no amamos, nunca podremos ser solícitos y atentos; nunca podremos ser considerados. ¿Qué significa ser considerado? Cuando ves una piedra afilada en un camino frecuentado por peatones descalzos, la retiras no porque te lo pidan, sino porque sientes por otro; no importa quién es y nunca lo conocerás. Plantar un árbol y cuidarlo, mirar el río y disfrutar la plenitud de la tierra… Para todo ello se requiere libertad, y para ser libre debes amar.”
Este pensador indio argumenta que el malentendido surge cuando se vincula el amor entre dos personas al sexo y al placer, cuando comparamos unas personas con otras y nos valemos de la autocompasión al creer que somos tratados injustamente. El néctar del corazón es, afirma Krishnamurti, darse con los ojos cerrados sin pedir nada a cambio y con compasión, lo cual implica “pasión por todo”. Nada queda excluido cuando entendemos que todo es valioso y digno de nuestro amor.
En el preciso momento en que queremos canalizar el amor en una determinada dirección, o bien juzgarlo de alguna manera, lo enturbiamos con una idea preconcebida de lo que debería ser. En sus propias palabras: “Dividir cualquier cosa entre lo que debería ser y lo que es resulta el modo más engañoso de habérselas con la vida”.
Tal vez amar sea sólo, al fin y al cabo, deshacernos de todas las cadenas que nos impiden entregarnos a la experiencia de vivir sin condiciones, amando cada cosa, momento y persona por lo que es, no por lo que creemos que debería ser.

Francesc Miralles. " Vivir un amor libre y saludable "

http://www.larevistaintegral.com/543


lunes, 27 de diciembre de 2010

J. SARAMAGO “El factor Dios"



«En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá ‘ver’ cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.
Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez ‘aquí estoy’ cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda-de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.
Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra…) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.
Al lector creyente (de cualquier creencia…) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose».

J.Saramago


viernes, 10 de diciembre de 2010

UMBERTO ECO: "Elogio del libro en la era del soporte digital"

                                                                        Umberto Eco

En efecto, el semiólogo italiano Umberto Eco hace un encendido elogio del libro en las páginas de l’Espresso, donde tiene reservada una cita periódica que titula “La Bustina de Minerva”.  En esta ocasión,  nos advierte con su habitual perspicacia sobre la fragilidad de los nuevos soportes digitales:

“El pasado domingo fue el  último día de un curso para libreros que lleva el nombre de  Umberto y Elisabetta Mauri. Tuvo lugar en Venecia y se habló (entre otras cosas) sobre la labilidad de los soportes de la información. Soportes lo han sido la estelas de Egipto, la tableta de arcilla, el papiro, el pergamino y, por supuesto, el libro impreso. Este último ha demostrado su capacidad para sobrevivir quinientos años, pero sólo si se trata de libros hechos con pasta de trapos. Desde mediados del siglo XIX se impuso el papel procedente de la madera, y parece que  tiene una duración  máxima de setenta años (y, de hecho, basta coger periódicos o libros de la posguerra para ver que la mayoría se deshacen en cuanto se los hojea). Así que periódicamente se convocan reuniones y se estudian diversos medios para salvaguardar la multitud de libros que albergan nuestras bibliotecas, y uno de los más populares (pero casi imposible de aplicar a todos y cada uno de los  libros existentes) es escanear sus páginas y pasarlas a soporte electrónico.
Pero aquí se presenta otro problema: todos los soportes para transportar y  almacenar  información, de la foto a la película, del disco a la memoria USB que usamos en nuestros ordenadores, son más perecederos que el propio libro. De algunos ya lo sabíamos:  en las antiguas cassettes las cintas se enredaban con el uso, así que las teníamos que desenredar metiendo un lápiz en el agujero, aunque a menudo sin éxito; las de vídeo perdían fácilmente el color y la definición, y si se utilizaban demasiado  tiempo para estudiar su contenido, haciéndolas avanzar y retroceder varias veces,  se malograban pronto. Y aunque hemos tenido tiempo suficiente para darnos cuenta de lo que podía durar un disco de vinilo si no lo frotábamos demasiado, no lo hemos tenido para comprobar cuánto duraba un CD-rom, porque siendo aclamado como el invento que vendría a sustituir al libro ya ha sido retirado del mercado, pues  podemos acceder en línea a ese mismo contenido  y con costes más baratos. No sabemos cuánto durará una película en DVD, sólo sabemos que empieza a hacer extraños  cuando la hemos puesto muchas veces. Casi no hemos tenido tiempo para ver cuánto podían durar los discos flexibles que usábamos en el ordenador: antes de que lo pudiéramos descubrir ya fueron sustituidos por los disquetes rígidos,  y éstos por los discos regrabables, reemplazados a su vez por la memoria USB. Con la desaparición de los distintos soportes han desaparecido incluso las computadoras que los podían leer (creo que ya nadie tiene en su casa un equipo en el que haya una ranura para un disquete flexible) y si uno no ha transferido en su  momento al nuevo soporte lo que tenía guardado en el anterior   (y así sucesivamente, para siempre, cada dos o tres años) lo ha perdido irremediablemente (a menos que uno tenga en el sótano  una docena de viejos ordenadores, uno para cada uno de los soportes desaparecidos).
Por tanto, de todos los medios mecánicos, eléctricos y electrónicos,  o bien sabemos que son rápidamente perecederos  o bien no sabemos todavía cuánto durarán,  y probablemente nunca lo sepamos.
En fin, basta una simple alteración de la tensión eléctrica, un  relámpago en el jardín o cualquier otro incidente mucho más banal para arruinar una memoria. Si hubiera un apagón que durara lo suficiente ya no podríamos usar ninguna memoria electrónica. Si hubiese guardado el Don Quijote en mi memoria electrónica, no lo podría leer a la luz de una vela, ni en una hamaca, ni en un barco, ni en el baño, ni en el columpio, mientras que un libro me permite hacerlo incluso en las condiciones más adversas. Y si el ordenador  o el e-book me caen desde un quinto piso puedo estar matemáticamente seguro de haberlo perdido todo, mientras que si me cae un libro como mucho se desencuadernará.
Los soportes modernos parecen atender más a la difusión de la información que a su preservación. El libro ha sido un insigne instrumento de difusión (pensemos en el papel desempeñado por la Biblia impresa para la Reforma protestante), pero también de conservación. Es posible que en unos pocos siglos la única forma de acceder a las noticias sobre el pasado, cuando todos los soportes electrónicos hayan perdido sus propiedades magnéticas, siga siendo un bello incunable.    Y entre los modernos libros, sobrevivirán muchos de los que están hechos con buen papel,  o los que están siendo ofrecidos por muchos editores en “free acid paper”.
No soy un anticuado. Tengo un disco duro portátil de 250 GB en el que he cargado las mayores obras maestras de la literatura universal y de la historia de la filosofía;   es mucho más cómodo recuperar de allí en unos segundos una cita de Dante o de la «Summa Theologica» que tener que levantarse y andar para coger un volumen pesado de una estantería demasiado alta. Pero me alegro de que esos libros estén en mis estantes, pues son una garantía de la memoria para cuando los instrumentos electrónicos hagan tilt”.

 Umberto Eco

Publicado en el diario   L' Espresso  (5 de febrero del 2009)




lunes, 4 de octubre de 2010

Francisco UMBRAL "El esnobismo intelectual"





El esnobismo intelectual

La clase intelectual de España y de cualquier país es siempre una clase esnob. La superioridad cultural de esta clase permite a sus miembros actuar en un plano distinguido cuya distinción no la marca exactamente el dinero ni la ropa, sino esa sustancia invisible e inenarrable del intelectual. Se admira a un sabio a distancia por la difusión de sus libros o sus teorías. Luego, le invitas a cenar en casa con unos cuantos millonarios y se presenta con un esmoquin viejo, anticuado, o en plan Einstein, con un suéter y unos vaqueros.

Se sospecha que el intelectual ignora cuáles son los usos sociales, pero también se sospecha, y con más razón, que el intelectual siempre tiene la ropa en la tintorería. El citado suéter de Einstein y los calzoncillos de Picasso han dado la vuelta al gran mundo que quiere tener un genio en casa, pero nadie se ha atrevido a preguntar por qué el genio se viste de mendigo o de ladrón, como si hubiera entrado por la ventana. Al intelectual, aunque sea Premio Nobel, suelen gustarle mucho las croquetas de la casa, y también las señoras de la casa. De las criadas no dice nada. Sencillamente, las toca.

Esta facilidad del intelectual para tocar croquetas o señoras se atribuye elegantemente a eso de que es un hombre que está fuera del mundo e ignora voluntariamente las normas sociales. El terror del intelectual es ganar el Premio Nobel, pues eso le obliga a renovar todo su vestuario y preguntar en qué piso vive el sastre, cuando los sastres actuales y famosos viven en fastuosas mansiones ajardinadas y horizontales donde se usa más la túnica que los calzoncillos.

El esnobismo intelectual es inverso, pues, y Picasso jamás se disculpó por eso sino que había hecho de los calzoncillos la bandera de su libertad, una libertad que sólo da el arte y no el dinero. A Picasso le dijo una señora:
-Regáleme esa flor que acaba de pintar. A usted sólo le ha costado cinco minutos.
-Esta flor me ha costado cincuenta años, señora, de modo que la rompo pero no se la doy.
Es la respuesta del creador libre ante la burguesa estulta que le quiere robar cinco minutos geniales al astista.

El esnobismo de la burguesía consiste en tratar a los artistas como si fueran mendigos lujosos. El esnobismo de los mendigos lujosos está en pegarle cortes a la burguesía, aunque sea la burguesía millonaria de que aquí estamos tratando.

El esnobismo intelectual consiste en dejarse querer por los ricos y el esnobismo millonario de los burgueses consiste en dejar que éstos les golpeen sus partes de manera indolora, ya que una frase de Picasso siempre hace menos daño que una frase sin Picasso.

Picasso iba a los toros de Francia en calzoncillos y estos calzoncillos lucían más que el traje de luces del torero. El hombre ilustre puede ir desnudo por la vida, como aquel rey, y nadie se permitirá decir que el rey va desnudo. El esnobismo intelectual tiene la virtud de denunciar todo el esnobismo burgués de quienes están alrededor. La gente con traje cruzado de rayitas queda espantosamente cotidiana frente al hombre que se ha puesto los calzoncillos limpios de la libertad, esos calzoncillos que tienen algo de bandera y que los burgueses sólo saben ponerse en la intimidad, pero para quitárselos en seguida. Burgués es el que tiene vergöenza de su cuerpo y lo adorna con trajes de corte, alfileres de corbata y corbatas amarillas. El esnobismo es el trueque donde fracasa toda la distinción burguesa y el contraste se lo da el hombre adánico que se viste de cualquier manera.

Luego hay un esnobismo intelectual que consiste en decir en francés o en latín lo que queda mucho mejor y más claro en castellano. El esnobismo de los idiomas se hace insoportable entre intelectuales. No se escribe para explicar o que se sabe sino para explicar mal en alemán lo que se sabe bien en castellano. El intelectual tiene unas cuantas palabras en inglés como la turista tiene unas cuantas monedas, unos cuantos chelines de su viaje a Londres, como recuerdo sentimental de un amor que podía haber salido bien pero no salió. La vida intelectual es, por lo tanto, una continua frustración en la que nada vale lo que cuesta y nada cuesta lo que vale. Al final sólo quedan recuerdos, calderilla y una flor seca en un libro de Rilke.

Francisco UMBRAL

 Un fantástico blog sobre Umbral
http://www.franciscoumbral.com/ 

jueves, 23 de septiembre de 2010

Rousseau "Felicidad y Filosofía "


«El objeto de la vida humana es la felicidad del hombre, pero ¿quién de nosotros sabe cómo se consigue? Sin principio, sin fin cierto, vagamos de deseo en deseo y aquellos que acabamos de satisfacer nos dejan tan lejos de la felicidad como antes de haber conseguido nada. No encontramos regla invariable, ni en las pasiones que se suceden y se autodestruyen incesantemente. Víctimas de la ciega inconstancia de nuestros corazones, el disfrute de los bienes deseados sólo nos prepara para privaciones y penas; todo lo que poseemos únicamente nos sirve para mostrarnos lo que nos falta, y a falta de saber cómo hay que vivir todos morimos sin haber vivido. Si hay algún modo posible de librarse de esa duda horrible es extendiéndola por un tiempo, más allá de sus límites naturales, y desconfiando de todas sus inclinaciones, estudiándose a sí mismo, llevando la antorcha de la verdad al fondo de nuestra alma, examinando de una vez por todas lo que se piensa, lo que se cree, lo que se siente y todo lo que se debe pensar, sentir y creer para ser feliz tanto como la condición humana lo permita. He ahí, mi querida amiga, el examen que os propongo hoy.
¿Pero qué vamos a hacer, Sofía, sino lo que ya hemos hecho mil veces? Todos los libros nos hablan del Soberano Bien, todos los filósofos nos lo muestran; cada uno enseña a los demás el arte de ser feliz, pero ninguno lo ha encontrado por sí mismo. En ese inmenso laberinto de los razonamientos humanos, aprendéis a hablar de la felicidad sin conocerla, aprendéis a discurrir y no vivir, os perdéis en las sutilezas metafísicas. Las perplejidades de la filosofía os asedian por todas partes. Veréis por todas partes objeciones y dudas, y a fuerza de instruiros terminaréis por no saber nada. Este método capacita para hablar de todo, para brillar en un círculo, hace sabios, espíritus bellos, charlatanes, discutidores, felices a juicio de aquellos que escuchan, desdichados tan pronto como están solos.
No, querida niña, el estudio que os propongo no quiere alardear de una vanidad que se puede exhibir a los ojos de los demás, pero colma el ama de todo aquello que hace la felicidad del hombre; consigue la satisfacción de sí mismo, no de los otros; no lleva las palabras a la boca sino los sentimientos al corazón; liberándose y abandonándose a él mismo, otorga más confianza a la voz ce la Naturaleza que a la de la razón».

Podrás encontrar ésta y otras cartas de Rousseau en la obra Cartas a Sofía. Alianza Editorial. Edición de Alicia Villar.

martes, 14 de septiembre de 2010

BERTRAND RUSSELL "Elogio de la ociosidad"

                                                                  

                                                                      Bertrand Russell

 

                                                    

«Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si sólo trabajaran cuatro horas de las veinticuatro del día. En la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no hubiese sido cierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que hasta cierto punto ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre moderno piensa que todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero todo el trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es trabajo y porque produce beneficios económicos. La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico lo ha puesto todo patas arriba. El carnicero que os provee de carne y el panadero que os provee de pan son merecedores de elogio, porque están ganando dinero; pero cuando vosotros disfrutáis del alimento que ellos os han suministrado, no sois más que unos frívolos, a menos que comáis tan sólo para obtener energías para vuestro trabajo. En un sentido amplio, se sostiene que ganar dinero es bueno y gastarlo es malo. Teniendo en cuenta que son dos aspectos de una misma transacción, esto es absurdo; del mismo modo podríamos sostener que las llaves son buenas, pero que los ojos de las cerraduras son malos. Cualquiera que sea el mérito que pueda haber en la producción de bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja que se obtenga consumiéndolos. El individuo, en nuestra sociedad, trabaja por un beneficio, pero el propósito social de su trabajo radica en el consumo de lo que él produce. Este divorcio entre los propósitos individuales y los sociales respecto de la producción es lo que hace que a los hombres les resulte tan difícil pensar con claridad en un mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo de la industria. Pensamos demasiado en la producción y demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de ello, concedemos demasiada poca importancia al goce y a la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el placer que da al consumidor"

"Elogio de la ociosidad" B. Russell   Edhasa (Colección “Los libros de Sísifo”)

domingo, 12 de septiembre de 2010

SCHOPENHAUER,ARTHUR - “Aforismos sobre la sabiduría de la vida”


                                                            A. Schopenhauer
«Como regla suprema de toda sabiduría de la vida considero el principio enunciado de pasada por Aristóteles en la Ética a Nicómaco: “El hombre prudente no aspira al placer sino a la ausencia de dolor”. […] Su verdad se basa en que todo placer y toda felicidad son de naturaleza negativa, mientras que el dolor es de naturaleza positiva. […] Cuando todo el cuerpo está sano y en buen estado, con excepción de una pequeña herida o un punto doloroso, aquella salud del conjunto no aparece ya en la conciencia sino que la atención se dirige constantemente al dolor de la parte lesionada y desaparece la sensación vital de bienestar.
[…] Por consiguiente, quien quiera obtener el resultado de su vida desde el punto de vista de la felicidad tendrá que hacer la cuenta, no según las alegrías que ha disfrutado, sino según los males a los que se ha sustraído. De hecho, la búsqueda de la felicidad ha de comenzar por enseñar que su mismo nombre es un eufemismo y que por “vivir feliz” sólo se puede entender “vivir menos infeliz”, es decir, de manera soportable. En efecto, la vida no existe realmente para ser disfrutada sino para superarla, para despacharla. […] En consecuencia, tiene la más feliz fortuna aquel que pasa su vida sin excesivos dolores espirituales ni corporales, y no aquel a quien le caen en suerte las más vivas alegrías o los mayores placeres. […] Pues los placeres son y siguen siendo negativos: la idea de que hacen feliz es una ilusión que alberga la envidia para su propio castigo. En cambio, los dolores son positivamente sentidos: de ahí que su ausencia sea la medida de la felicidad en la vida. Si a un estado indoloro se añade además la ausencia de aburrimiento, se alcanza en esencia la felicidad terrenal: pues lo demás son quimeras. […] El necio persigue los placeres de la vida y se ve defraudado: el sabio evita los males».