miércoles, 29 de septiembre de 2010

Historia del Jazz capítulo 1 parte 4

                    Capitulo IV - 1929-1935 -La Verdadera Bienvenida
                                          


                                                          Louis Armstrong


En 1929 la Bolsa se derrumbó. La Gran Depresión que siguió fue la peor crisis en Usa, desde la Guerra Civil.
La orgía más cara de la historia terminó. Empezando la década de 1930 más de 15 millones de hombres y mujeres, estaba sin trabajo.
El negocio de la música estuvo a punto del colapso. Y las compañías norteamericanas, que vendían cientos de millones de copias de discos en los años 20, la mayor parte quebró.
La compañía Victor dejó de hacer tocadiscos y vendió radios. Hicieron programas de radio en su lugar.
Eso significó que millones de norteamericanos podrían escuchar toda clase de música, tocada por toda clase de gente, gratis
Duke Ellington prosperaba y su sofisticada música y elegante estilo personal.
Mientras tanto, un nuevo sonido, de orquesta llamado Swing, se incubaba en las salas de baile de Harlem.

Louis Armstrong, que había ya revolucionado la música instrumental en Usa, volvió a Nueva York pero ahora a transformar la forma de cantar. Y en el proceso se ganó a un público nuevo.
En 1929 Armstrong tocaba casi exclusivamente para negros en el lado sur de Chicago.
Sus discos con los "Hot Five" y "Hot Seven", incluyendo su obra maestra "West End Blues", se vendieron bien en barrios negros, pero aún era poco conocido entre los blancos.



"West End Blues"  Louis Armstrong

Esto cambió cuando firmó un contrato con un agente conectado con la mafia, llamado Tommy Rockwell, quien le prometió más fama tocando para el público blanco de Nueva York como solista.
Armstrong accedió, pero contra los deseos de Rockwell, llevó a su banda con él. Viajaban en coche, durmiendo en las comunidades negras. Louis y la banda subieron al viejo Humpmobile de Louis y se dirigieron al este. Cruzaron miles de pueblos entre Chicago y Nueva York. Y en todos los pueblos había un disco de Louis sonando en frente de alguna tienda en unos altavoces, una tienda de discos o así .Estaban asombrados de lo popular que era Louis, ni siquiera él lo sabía.
En toda la historia de la música, nadie había sonado así.
Antes de él, la gente cantaba de otra manera. Louis inventó el canto jazzistico
Todos los cantantes, Frank Sinatra, Bing Crosby, Mildred Bailey, Jon Hendricks.En cualquier estilo, Sarah Vaughan, Billie Holiday, todos lo llamaban "Pops" (Papá).
Los músicos tocaban las melodías en un estilo muy rígido y anticuado. Y entra Louis a mostrarles una nueva forma. Articulada, completamente libre rítmicamente, reduciéndose a una nota, abstracta. Libre, sin tiempo.
Louis Armstrong es el cantante más influyente que de todos los tiempos. Y tenía una habilidad de improvisación vocal espectacular, tan libre como si estuviera tocando un instrumento.
Prácticamente rescribió canciones como "Stardust" o "Body and Soul".
Todos los cantantes de de la época fueron influenciados. Incluso los ya veteranos. Louis Armstrong era la estrella.
“Salíamos a mojarnos en la lluvia para tener una voz como la de Louis Armstrong.”

La gran orquesta retoma la idea de “call and response” (llamada y respuesta) de la lglesia Bautista.
En los primeros arreglos de Fletcher Henderson, los saxos y los metales de hecho se responden entre si.

En una Big Band, básicamente hay tres secciones:
  1.   Está la sección de saxos, (reed section: de cañas o lengüetas), que a menudo tiene clarinetes.
  2.   Está la sección de trompetas y de de trombones que gana importancia con los años.Originalmente, solo había un trombón . Los trombones y trompetas juntos forman los metales (brass section).
  3.  Y luego está la sección de ritmo, que originalmente tiene cuatro piezas guitarra/banjo, piano, bajo y batería.
Estas secciones trabajan como engranajes de una maquinaria. Y la tarea del orquestador es hallar nuevas, excitantes e imaginativas formas de fundir estos instrumentos, enfrentar a las secciones para crear nueva música.

En Broadway y la calle 51 estaba Roseland, la sala de baile más elegante de Manhattan, a donde iban
muchos neoyorquinos a olvidar la Depresión.
Durante más de veinte años fue hogar de Fletcher Henderson y su orquesta. Y fue allí que, junto a su mejor arreglista, Don Redman, creó un nuevo modo de tocar Jazz, el “Big Band Swing”

                                                       Fletcher Henderson y su orquesta

Muchos músicos que fueron estrellas empezaron con Fletcher Henderson.
Louis Armstrong, Red Allen, Chu Berry, Benny Carter, Roy Eldridge, Coleman Hawkins
Pero quienes pagaban para bailar en Roseland eran blancos. No se permitía entrar a los negros en la pista de baile.


A diferencia de la sala Savoy en Harlem, dónde músicos y bailarines de cualquier color podían ir.
Cuando la banda terminaba en Roseland, iban a tocar a Harlem hasta las tres y media de la madrugada.
Tocaba una banda antes de Fletcher, pero en cuanto él llegaba, todo se detenía. Todos se quitaban del paso, Fletcher abría con "Sugar Foot Stomp" y la multitud enloquecía.


                                                                    sala Savoy en Harlem

Vivíamos en un país muy segregado. Pero lo más sorprendente de la sala de baile era que fue el primer edificio en toda Usa que abría sus puertas totalmente integrado.
En ese momento no lo entendimos. No supe de esas cosas hasta que salí de la sala de baile.
Cuando iba al Savoy, no veía que había blancos y negros, sólo veía a los que bailaban en el Savoy. Ya fueses negro, verde, amarillo, al entrar al Savoy sólo queríamos saber si sabías bailar. Y si entraba un blanco, nadie giraba a mirarlo por ser blanco. Sólo veíamos: “¡mira, sí sabe bailar! Muy bien. Estupendo”.

Como el resto del país, los músicos, de todos los estados sufrían.
El 4 de noviembre de 1931, Buddy Bolden murió en el manicomio estatal de Louisiana. Veinticinco años atrás, fue el trompetista más famoso de Nueva Orleans, King Bolden, y fue de los primeros en tocar eso que se llamaría Jazz. En el momento de enterrarlo en Nueva Orleans no hubo dinero para pagar una banda que tocara en su funeral, como él había tocado en tantos en el pasado. Había trabajo para algunos de los blancos en la radio, pero los estudios estaban cerrados para los negros.

                                                                     John Henry Hammond

John Henry Hammond hijo, fue clave para la historia del Jazz y sin él muchos músicos, negros y blancos, tal vez no habrían alcanzado la fama.
Nació en 1910, el hijo mimado de una familia privilegiada. Bisnieto del rey de los trenes Cornelius Vanderbilt.
A los 12 años escuchó Jazz por primera vez y quedó impactado. Coleccionaba discos y entraba a los bares clandestinos de Harlem para escuchar a las bandas negras.
Terminó dejando Yale para hacer lo que nadie había hecho. Escribir seriamente sobre el Jazz y la sociedad.
Para muchos jóvenes como Hammond, el desencanto de la Depresión marcó el fin del sistema capitalista
y los obligó a reevaluar la vida en Usa, incluyendo las relaciones raciales.

“Era una época de depresión y la gente era muy izquierdista, de sentimientos y política, y se aproximaron al Jazz con una idea en la mente, gracias a los músicos negros. Era tiempo de reconocer que después de años de maltratos en Usa estaban haciendo un gran arte. Podrían describirme como un disidente social neoyorquino, libre para expresar mi desacuerdo con el sistema social en que había nacido y que muchos aceptaban y daban por hecho. La mayor razón para mi desacuerdo era el Jazz. Yo no escuchaba color en la música.” John Hammond.

A los 21 años horrorizó a su familia al borrar su nombre del registro social. Se mudó a Greenwich Village y
buscó y grabó a músicos negros que no recibían la atención que creía se merecían.
Hammond ayudó a comprar un teatro para que los músicos desempleados pudieran tocar lo que él llamaba auténtico Jazz organizó conciertos en la radio local, pagando a cada músico 10 dólares por sesión de su propio bolsillo más los gastos de transporte.

Al no encontrar una compañía americana que quisiera grabar a sus descubrimientos, habló con una compañía inglesa. Y cada noche recorría clubes en Harlem buscando talentos.
Coleman Hawkins, Fletcher Henderson, Teddy Willson, Benny Goodman, Count Basie, Charlie Christian,
Billie Holiday. Muchos de los mejores músicos de Jazz crecieron gracias a la ayuda de John Hammond.

En marzo de 1933, Franklin Delano Roosevelt fue investido presidente y ofreció un nuevo trato al pueblo.
La recuperación económica podía tardar años, pero subiría la moral de inmediato.
La prohibición fue abolida. Los bares clandestinos abrieron sus puertas después de 13 años.
Pero cuando los bares abrieron como clubes legales, el negocio bajó, la gente podía ahorrar comprando licor en las tiendas y bebiendo en casa.
Para recuperar clientes, los clubes nocturnos debían ofrecer nuevas diversiones.

Benny Goodman, de 23 años, a pesar del modesto éxito que tuvo en tiempos difíciles no estaba contento con la música que le hacían tocar. “No nos gustaba la música comercial, comentó.”
Inspirado por Chick Webb y Fletcher Henderson, Goodman buscó músicos blancos que gustasen del genuino Jazz, incluyendo al trompetista Bunny Berigan, al activo baterista de Chicago Gene Krupa y una joven cantante, Helen Ward.
En otoño de 1934, la NBC planeó un programa llamado "Let’s dance" para los sábados por la noche.
Necesitaban tres bandas: Una para tocar rumba, una para tocar música de baile ligera y una para tocar “Swing”, la música que le gustaba tocar a Goodman.
Pero Goodman tenía un problema. No tenía un repertorio lo suficientemente amplio o bueno como para llenar el horario. Le explicó esto a su amiga, la cantante Mildred Bailey.
Mildred le dijo: La banda suena genial, pero suena como todas, suena tan sólo bien. Necesitas una identidad personal. Y entonces ella le dijo: “Oye ¿por qué no consigues partituras de Harlem?”
La banda de Henderson tenía problemas y accedió con gusto a vender su repertorio a Goodman y a escribir arreglos nuevos.

                                                                  Benny Goodman

La reputación de Benny Goodman comenzó a crecer. Pronto, muchos norteamericanos planeaban sus noches de sábado pensando en el programa.
Ya que su público amaba las melodías populares Goodman encargó a Henderson arreglar melodías conocidas.
La banda era famosa por su precisión de entonación y ejecución.
Era música popular.

                                                                            Duke Ellington

Duke Ellington era elegancia. Era la capacidad de estar en medio de algo y por encima de ello al mismo tiempo.
“Nos enseñó el significado verdadero del estilo el verdadero significado de la gracia y de lo que es flotar.
Éramos gente frecuentemente descripta como torpe, estúpida, pies planos, todo ese tipo de cosas.
Ellington apareció en escena y todos esos mitos se disiparon.”
Mientras la Depresión crecía y había más desempleados sin esperanza de conseguir trabajo, Duke Ellington,
como Armstrong, prosperaba.
Era el líder de banda negro más famoso del país con su “jungle music”(música de la jungla) y transmitía a
nivel nacional desde el Cotton Club.
La primera impresión que tenías de Ellington es que era una figura trascendental de la música. Porque lo primero que oías tenía rasgos de toda la música que conocías.
Todos se identificaban con algo. Sabías de dónde había sacado esto o aquello. De Washington o de Mobile.
Inventó de una forma de orquestar el Blues a un conjunto más grande.
El sistema de armonización y conducción de las voces que él inventó y que sólo él conoce. Es una visión épica que es a la vez étnica y mezcla de todo.
Eso es lo que es tan sorprendente de él, que es negro sin ser excluido. En su música siempre hay una
invitación a entrar. Hay una calidad de bienvenida asociada con la civilización
Duke Ellington era nocturno. Entiende lo sensual y eso está en su música y su sonido.
“Ellington toca unas notas al piano y te lleva a una habitación de hotel donde algo interesante puede pasar”.

En 1933, Ellington salió de gira por Europa e lnglaterra. Fue un éxito. Un crítico inglés dijo que su música poseía una universalidad auténticamente shakesperiana.
Las mujeres lloraron y los jóvenes se arrodillaron. Ya en casa, la banda salió de gira doce semanas por el sur.
También fue un triunfo.
El critico del Dallas News llamó a Ellington un Stravinsky africano que borró la línea del color entre el
Jazz y la música clásica.
Pero los negros lo veían desde los lugares segregados. Y los hoteles y restaurantes blancos les prohibían la entrada.
Daisy Ellington, su madre, le enseñó desde pequeño a obviar incomodidades.
Después de la gira por el sur, en vez de sufrir la humillación de ser rechazados de hoteles y restaurantes, Ellington decidió que viajarían en sus propios autocares, comiendo y durmiendo en las estaciones de trenes entre actuación y actuación.
Los nativos se acercaban a preguntar qué diablos pasaba, recuerda Ellington. Y nosotros les decíamos así viaja el presidente.
Se hace lo más que puedes con lo que tienes.
A principios de 1934 le diagnosticaron cáncer a Daisy Ellington. Siempre había sido el centro de la vida de su
hijo, quien buscó a los mejores especialistas. Murió el 27 de mayo de 1935. Para el funeral, pidió a lrving Mills, su administrador, que llenara la iglesia con 3.000 flores. Entonces, se derrumbó de dolor. “Ya nada tiene sentido. Ya no tengo ambiciones”, dijo.
Bebía en exceso y no salía del apartamento que compartieron. Dejó de escribir.
Lentamente empezó a trabajar en una nueva composición. Llamó a la pieza "Reminiscing ln Tempo".
Era un tributo a su madre lleno de melancolía, cuidadosamente escrito. Incluso los solos estaban escritos.
Era lo más ambicioso que había escrito: Tenía tres movimientos y trece minutos de duración; cubrió
ambos lados de dos discos. Jamás se había grabado algo así.
La pieza asombró a los críticos. Algunos la llamaron pretenciosa y le recomendaron seguir con piezas de baile de tres minutos. John Hammond la calificó como un desastre: Sin el menor asomo de agallas.

Había dos mundos del Jazz: El del músico y el del crítico, el escritor, el observador.
El crítico, observador, escritor suele definir al Jazz diciéndole al músico qué puede y debe tocar y qué no.
Ellos son quienes establecen el canon en el Jazz. Quién es bueno, malo, quién un héroe o un vago y esas cosas. Creo que los músicos que leyeron esas cosas se sintieron perdidos en la selva.
Ellington rehusó a contestar a Hammond o a las otras criticas. Los siguientes 40 años seguiría explorando y experimentando creando parte de la música más sorprendente del país.

“Marzo de 1935, Benny Goodman y su banda son una gran medicina, una gran banda. Arreglistas y músicos siempre juntos; cantan juntos, muerden juntos, hacen Swing juntos.” - Revista Metrónomo.
En la primavera de 1935, la vida brillaba para Benny Goodman. La audiencia del programa subía cada semana. Pero la Compañía Nacional de Galletitas Nabisco, patrocinadora del programa, se puso en huelga y el programa se canceló.
Desesperado por mantener a su banda, Goodman buscó trabajo. Finalmente su agente firmó una gira por carretera hasta Los Ángeles. Goodman no estaba contento. Sabía que muchos en el país no conocían el Swing y el oeste tenía fama de anticuado.
La banda salió a mediados de julio, tocando de noche y viajando de día. No había dinero para autobús,
así que los músicos condujeron para cruzar el país. Las cosas no salían bien.
En Denver, el administrador del salón los echó después de oír media hora. El hombre les dijo: Contraté a una orquesta de baile. ¿Qué les pasa? ¿No saben tocar valses?
En Colorado tocaron detrás de una malla de gallinero para protegerlos de las botellas de whisky que tiraba el público.
Conforme la caravana avanzaba hacia California, Goodman comprendió que si su suerte no cambiaba, la banda no duraría mucho tiempo junta.
El 21 de agosto de 1935 Goodman y la orquesta llegaron a Los Ángeles. Creí que terminaríamos el compromiso, dijo Goodman, y regresaría a Nueva York a ser un clarinetista.
Entonces llegaron a la sala Palomar. Encontraron una muchedumbre haciendo fila para entrar. Y pensaron: ¿qué pasa? No puede ser para vernos a nosotros.
A Benny le dijeron en cada sala del país que no tocara Jazz. Sólo las canciones de baile.
Así que en el Palomar con toda esa gente no se iba a arriesgar.
Y empezó con un vals y con arreglos más comerciales. Y la gente estaba paseando, no había respuesta.
Así que las cosas no iban muy bien y Bunny Berrigan o alguien más dijo: Al diablo con esto.
“si vamos a caer, que sea tocando lo que nos gusta tocar. Y empezaron a tocar "King Porter Stomp".
Era lo que querían oír, lo que habían oído en la radio, Jazz.
El público gritaba acercándose a la banda, gritando y saltando.
No lo podían creer. Estaban asombrados.
Al día siguiente Benny Goodman era famoso.
El sonido del Swing que empezó con Louis Armstrong y se alimentó de las salas de baile de Harlem recorría el país.La época del Swing habia empezado
            
odio 4: La verdadera bienveidnida (1929 - 1934) El colapso económico y la gran depresión. La locura del baile se afirma, las grandes salas neoyorquinas trabajan con las orquestas de Armstrong, Ellington y Chick Webb, y lade Benny Goodman obtiene un resonante triunfo en Los Angeles.Ellington y Chick Webb, y la de Benny dman obtiene un resonante triunfo en Los Angel
Fuentes: 
http://www.escueladejazz.com.ar/ver_bonus.php?ID=3 

http://www.youtube.com/watch?v=HK_DQmPAitI&feature=relate

 Audio:
http://www.ivoox.com/historia-del-jazz-ken-burns_md_228119_1.mp3

 Link de descarga del video:
http://lix.in/-3908ed

sábado, 25 de septiembre de 2010

SARAH A. KING " dibujo a mano y la letra"



SARAH A. KING es un ilustradora que vive y trabaja en Londres . Sus obras se componen de una profusión de notas superpuestas dibuja con la mano. El uso de la tipografía tiene mucho movimiento en sus ilustraciones y se necesita tiempo para entender todas las sutilezas .



                                          Sketchbooks
 The First Machine Gun


Animation inspired by the mechanics of the first machine gun, invented in 1865.



                                       Illustration for Howies

The World Is Not A Sphere 




Animation inspired by the mechanics of the first machine gun, invented in 1865.


 





Critically Endangered110/70cm Illustration looking at the overwhelming effects of people on the natural environment

The Launch of Explorer I



An animation to commemorate Explorer I, the first american satellite to be launched into orbit in 1958

       





First piece of work for SFMOMA, a series of typographic maps applied to products in the museum shop 



                                          




                                                'Arcadia and Albion', illustration for  The idler         
                           Poster for Foyles bookshop, promoting 'Antigona And Me' by Kate Clanchy











                        Illustrations for the Carla Bruni Sarkozy Foundation, with Red Design




   If l could   do anything tomorrow, this is what I would do






                                                       Men and Machines, Dazed and Confused

                                   



                                                      Design for Balls To Bullfighting campaign





                                                     Illustrated Fruit for Graphic: Issue 12, Customise





                                                            Portrait of Charles Darwin                                                       





                                                             For New Statesman Magazine



                               Poster proposal for the University of Brighton Innovation Awards














                                               Illustrated plate, personal project. more coming soon.






                                                                          A banner for NoBrow

                                                          Michael Horovitz for Dazed And Confused

                                                                     Tom 'Black Jack' Ketchum


                                               Hand illustrated skateboard for the exhibition 'Decked'


                                                        Key trends in 2009 for Research World



Fuentes:

http://www.sarahaking.com/

http://www.leblogdebango.fr/2010/02/sarah-king-la-main-le-dessin-et-la-lettre/

http://www.sarahkingart.com/about.aspx#biography
http://www.youtube.com/watch?v=Fh85TFin7d8
http://www.youtube.com/watch?v=cSoQXCimuqk





viernes, 24 de septiembre de 2010

"Coetzee o de la complejidad" por Rafael Lemus

                                         John Maxwell Coetzee 1940 (Ciudad del Cabo - Suráfrica)

Hay por ahí una frase de Martin Heidegger –“La anécdota es enemiga de la razón”– que bien podría emplearse contra la mayor parte de la narrativa contemporánea. En realidad, pocas cosas más sencillas que detenerse ante una mesa de novedades, magullar algunas novelas y delatar su sobrada tontería. El uso de fórmulas y estereotipos en este libro. Los velos románticos, la tosca sentimentalidad, el feroz antiintelectualismo en este otro. El dócil fantaseo. El dócil costumbrismo. La idea, tan popular entre lectores y escritores, de que el género es menor y escapista, apenas un divertimento. La degradación ha llegado ya a tal punto que da pena que lo descubran a uno leyendo una novela. ¿Cómo explicarles que uno no ha claudicado ni lee solo para pasar el tiempo? ¿Cómo demostrar que la narrativa (como el ensayo) (más aún que el ensayo) es, puede ser, conocimiento –no una fuga sino otra manera de penetrar y comprender lo real?

Para convencer no es necesario dar marcha atrás y recurrir, otra vez, a los clásicos. Basta con acudir al que es, quizás, el más grande de los novelistas contemporáneos: J.M. Coetzee. Decir eso, que Coetzee es el mejor narrador en activo, es, a estas alturas, casi un lugar común; agregar que es, por lo mismo, uno de los dos o tres pensadores más potentes de la actualidad es menos ordinario. Pero de veras que Coetzee lo es. Primero, porque tiene de sobra aquello que uno espera de los grandes narradores –digamos: inventiva, originalidad verbal, rigor dramático, una fina comprensión del comportamiento humano. Después, y sobre todo, porque sus obras poseen un elemento –o mejor, una fuerza– que uno casi ha dejado de buscar en la ficción y ya solo demanda a los mejores ensayistas: tensión intelectual. No es nada más que uno pueda adivinar debajo de sus personajes y anécdotas un plan previo, una esmerada construcción conceptual que sirve solo como combustible para un texto que ha de rebasarla. No es tampoco que sus libros, en especial desde La vida de los animales, estén tapizados de ideas y debates. Es, sobre todo, que en sus manos la narrativa es un medio al servicio de la inteligencia: un vehículo para perseguir, y felizmente no alcanzar, la verdad.

La pregunta obvia sería: ¿por qué la narrativa y no el ensayo? O de otra manera: ¿por qué Coetzee elige crear personajes y tramas aun cuando, en sus libros más recientes, no parece querer otra cosa que discutir ideas sobre –digamos– los animales, el erotismo, el mal? En vez de responder, habría que arrojar algunos apellidos: Kafka, Beckett, Borges, Michon, Jelinek –intelectuales que también han optado por pensar a través de la narrativa. O incluso: Benjamin, Blanchot, Barthes –autores que prefirieron filosofar no en el vacío sino mientras interpretaban textos ya existentes. Lo que impera al final, en unos, en otros y en Coetzee, es un mismo deseo: el afán de encarnar el pensamiento.

Para hacer eso, entretejer pensamiento y ficción, los narradores suelen reblandecer los pasajes realistas y echar mano de la alegoría. No Coetzee, y ese es uno de sus rasgos distintivos: incluye, sí, elementos alegóricos

en sus tramas –alguna casa alevosamente dispuesta en medio de ninguna parte, una enferma terminal que se consume al mismo tiempo que Sudáfrica– pero jamás atenúa su realismo. Cualquiera que lo haya leído conoce esa rara mezcla de literalidad y simbolismo, relato y especulación, materia y espíritu, que destaca y enciende a sus libros. Allí está, por ejemplo, Vida y época de Michael K: una novela que es a la vez descripción de un vagabundeo a través de Sudáfrica y meditación sobre la Sudáfrica que el vagabundo recorre. Allí está, también, la doble naturaleza de Foe: narrativa por un lado, reflexión sobre la narrativa por el otro. 

Allí está, por supuesto, la inusual combinación de Esperando a los bárbaros: naturalismo brutal, densa alegoría.

Otro recurso a la mano de todo aquel que pretenda pensar por medio de la narrativa es, ya se sabe, la adopción del punto de mira de uno o varios personajes. A primera vista parecería que Coetzee se oculta detrás de protagonistas más bien cómodos: humanistas enfrentados, de una manera u otra, a la barbarie –un magistrado en Esperando a los bárbaros, un profesor en Desgracia, Dostoievski en El maestro de Petersburgo, un par de escritoras en Foe y Elizabeth Costello, todos sitiados por seres ásperos y violentos. Basta, sin embargo, que transcurran unas pocas páginas para que los muros entre los bárbaros y los civilizados se fracturen. Es entonces, ya perdidas las distinciones, cuando ocurre el momento clave –el punto crítico– de casi todas las novelas de Coetzee: ese instante en que los protagonistas, todavía más o menos al margen del caos, deciden lanzarse al abismo abierto bajo sus pies. En La edad de hierro: ese segundo en que la protagonista, una vieja enferma de cáncer, acepta al mendigo y al perro que han ocupado su jardín. En El maestro de Petersburgo: esa página en que Dostoievski opta por acompañar a un implacable joven nihilista, camarada de su hijo muerto. En Desgracia: cuando el profesor David Lurie se niega a defenderse de una acusación injusta y soporta estoicamente el castigo. En Elizabeth Costello: el apartado en que esa mujer, una escritora ya anciana, se resiste a confesar sus creencias, único requisito para que se le permita cruzar una puerta hacia el Otro Lado.

¿Qué pasa ahí? ¿Por qué personajes en apariencia tan racionales actúan, de pronto, tan inexplicablemente? Pasa, en principio, que esos personajes no son, en el fondo, tan Hombre lento no necesariamente determina lo que ocurre en las páginas 39 o 92. Pasa, además, que dentro de la moral de Coetzee (porque se delinea, sí, una moral a lo largo de la obra de Coetzee) nadie es verdaderamente inocente –y, por lo mismo, qué sentido tiene intentar esquivar los problemas cuando uno, nada más por el solo hecho de existir y ser blanco o burgués o civilizado, o, para el caso, negro o explotado o rústico, ya está en el centro del problema. Pasa, por último y por encima de todo, que el apetito de conocimiento, la necesidad de entender, arroja a los personajes de Coetzee hacia esos abismos –penetran la oscuridad porque ese, y no el frío raciocinio, es el único modo de comprender, de veras comprender, cualquier cosa. racionales ,las criaturas de Coetzee abandonan, en los momentos clave, la razón y confían en su instinto. Pasa, también, que en las obras del sudafricano no imperan las mecánicas leyes del conductismo ,no toda acción tiene una causa identificable

Si Coetzee es uno de los dos o tres pensadores vivos más importantes, es justo por eso: porque desconfía –como otros– del análisis distante, puramente racional, que acostumbran tanto las ciencias sociales como la mayoría de los intelectuales y porque se compromete –como nadie, con una vehemencia solo suya– con otra vía de conocimiento. ¿Hay que decir que esa vía se llama narrativa? ¿Hay que añadir que incluye, solo en la superficie, personajes y anécdotas y, en su núcleo, un severo desdén por la opinión y la certidumbre de que el fin de la escritura no es concluir sino explorar, no aclarar sino exhibir la densidad de las cosas?

Ya debe estar claro que un escritor así no anda por la vida brindando entrevistas, despidiendo juicios, firmando desplegados. Desde luego que Coetzee no lo hace. Rara vez participa en actos públicos –y si participa, se esfuerza en ser pálido y olvidable. Rara vez concede entrevistas –y si las concede, no habla de sus obras y se recluye, de pronto, en monosílabos. Rara vez emite opiniones –y si se le orilla a hacerlo, se escapa con su ya típica estrategia: leer un relato oscuro y zigzagueante (como el que preparó para la entrega del Nobel) cuando todo mundo espera una declaración sencilla y repetible.

Si ya se sabe esto, ¿para qué molestarlo entonces con un correo electrónico y solicitarle imprudentemente una entrevista?

Porque también se sabe que la trama del hombre es compleja y que no hay modo de anticipar la reacción de nadie y que cualquiera, incluso el escritor más hermético, puede apreciar el resquicio que se le ofrece y decir sí y lanzarse y responder todo esto:

Rafael Lemus

 AGOSTO DE 2010

Fuentes:

http://www.letraslibres.com/index.php?art=14820 

jueves, 23 de septiembre de 2010

Stefan Zweig "La estrella sobre el bosque"

                                                                             

Un día, cuando el diligente y apuesto camarero François se inclinó sobre el hombro de la bella condesa polaca Ostrovska, sucedió algo extraño. Sólo duró un segundo y no fue un estremecimiento o un sobresalto, un temblor o una emoción. Y, sin embargo, fue uno de esos segundos que abarcan miles de horas y de días llenos de júbilo y tormento, como el vigor vehemente de los grandes y fragorosos robles con todas sus ramas que se mecen y sus copas que se inclinan está contenido en un solo granito de semilla. En ese segundo no sucedió nada visible. François, el dúctil camarero del gran hotel de la Riviera se inclinó aún más, para presentar con mayor comodidad la fuente al cuchillo indeciso de la condesa. Pero su rostro descansó ese momento a pocos centímetros de las ondas dulcemente rizadas y perfumadas de su cabeza, y, cuando instintivamente alzó la mirada devota, sus ojos turbados vieron la suave y luminosa línea blanca con la que su cuello surgía de esa marea oscura y se perdía en el vestido rojo oscuro abullonado. Una llamarada color púrpura lo invadió. Y el cuchillo vibró suavemente en la fuente, presa de un imperceptible temblor. Aunque en ese segundo François intuyó las graves consecuencias de este repentino hechizo, dominó hábilmente su agitación y siguió sirviendo con el entusiasmo reservado y un poco galante de un garçon de buen gusto. Alargó la fuente con movimiento medido al acompañante habitual de la condesa, un aristócrata maduro dotado de una imperturbable elegancia, que relataba cosas indiferentes con entonación refinadamente acentuada y en un francés cristalino. Luego se apartó de la mesa sin alterar su mirada y su gesto.
Estos minutos fueron el comienzo de un estado de ensueño muy extraño y ferviente, de un sentimiento tan impetuoso y exaltado que apenas le corresponde el término grave y noble de amor. Era ese amor, de fidelidad canina y desprovisto de deseos, que los seres humanos generalmente no experimentan en la flor de su vida, que sólo sienten las personas muy jóvenes o muy ancianas. Un amor sin reflexión, que sólo sueña y no piensa. Olvidó por completo ese injusto y, sin embargo, inalterable desprecio que incluso personas inteligentes y circunspectas manifiestan hacia seres humanos que visten el frac de camarero; no especuló sobre posibilidades y casualidades, sino que aumentó en su sangre esa extraña inclinación hasta que su profundidad escapó a toda burla y crítica. Su ternura no era la de las miradas secretamente alusivas y al acecho, la temeridad de los gestos atrevidos que de repente se desata, la pasión sin sentido de labios sedientos y manos temblorosas; era una aplicación silenciosa, un prevalecer de aquellos pequeños servicios que son tanto más excelsos y sagrados en su modestia cuanto que permanecen a sabiendas ocultos. Después de la cena alisaba las arrugas del mantel delante de la silla de la condesa con dedos tan tiernos y dulces como quien acaricia las manos queridas y plácidas de una mujer; colocaba las cosas en su proximidad con simetría devota, como si las dispusiera para una fiesta. Con el mayor cuidado llevaba las copas que habían tocado sus labios a su estrecha y poco aireada buhardilla y de noche las dejaba relucir a la luz perlada de la luna como si fueran joyas preciosas. Constantemente era, desde cualquier rincón, el secreto observador de sus movimientos y actividades. Bebía sus palabras como quien paladea lascivamente un vino dulce y de perfume embriagador. y recogía las palabras y las órdenes ávido como los niños la rápida pelota en el juego. Así su alma embelesada introdujo en su pobre e indiferente vida un brillo cambiante y opulento. Nunca se le ocurrió la sabia necesidad de trasponer todo el episodio a las palabras frías y destructivas de la realidad de que el miserable camarero François amaba a una condesa exótica y eternamente inalcanzable. Porque él no la sentía como realidad, sino como algo excelso, muy lejano, que bastaba con su reflejo de la vida. Amaba el imperioso orgullo de sus órdenes, el ángulo dominante de sus cejas negras que casi se tocaban, el pliegue indómito alrededor de la boca fina, la gracia segura de sus gestos. La sumisión le parecía a François algo natural y sentía como dicha la proximidad humillante del servicio modesto, porque gracias a ella podía entrar tan a menudo en el círculo seductor que rodeaba a su amada.
Así despertó de repente en la vida de un hombre sencillo un sueño, como una flor de jardín noble y cuidadosamente criada, que florece en una carretera donde el polvo de los caminantes ahoga todos los brotes. Era el vértigo de un ser sencillo, un sueño embriagador y narcótico en medio de una vida fría y monótona. Y los sueños de seres como él son como barcas sin timón, que van a la deriva presas de una voluptuosidad fluctuante sobre aguas silenciosas y espejeantes, hasta que de pronto su quilla choca con una sacudida seca en una orilla desconocida.

La realidad, sin embargo, es más fuerte y sólida que todos los sueños. Una noche el corpulento portero procedente del Waadtland le dijo a François al pasar: «La Ostrovska se marcha mañana en el tren de las ocho». Y luego añadió otros nombres sin importancia que él apenas escuchó. Porque esas palabras se habían transformado en su cerebro en un confuso remolino tumultuoso. Varias veces se pasó los dedos mecánicamente por la frente afligida, como si quisiera apartar un sedimento pesado, que allí reposaba y obnubilaba la razón. Dio unos pasos titubeantes. Inseguro y atemorizado cruzó delante de un alto espejo de marco dorado, del que le salió al encuentro un rostro mortalmente pálido y extraño. Los pensamientos no acudían a su mente, estaban por así decir aprisionados tras un muro oscuro y nebuloso. Casi inconsciente, descendió, agarrándose a la balaustrada, la amplia escalera hacia el jardín sumido en sombras, en el que los altos pinos se erguían solitarios como pensamientos sombríos. Su silueta intranquila dio unos inciertos pasos más, como el vuelo bajo y tambaleante de un ave nocturna enorme y oscura, y por fin se dejó caer en un banco, apoyando la cabeza en su frío respaldo. El silencio era absoluto. A su espalda, entre los arbustos redondeados, relucía el mar. Luces suaves y trémulas chispeaban sobre su superficie, y en el silencio se perdía la monótona cantinela murmurante de lejanos rompientes.
Y de pronto todo estaba claro, muy claro. Tan dolorosamente claro que François casi sonrió. Todo había acabado, sencillamente. La condesa Ostrovska se marcha a casa y el camarero François queda atrás en su puesto. ¿Acaso era tan raro? ¿No se marchaban al cabo de dos, tres o cuatro semanas todos los extranjeros que venían? Qué tontería no haberlo pensado antes. Porque todo estaba tan claro como para reír o llorar. Y sus pensamientos bullían y bullían. Mañana por la noche, en el tren de las ocho en dirección a Varsovia. A Varsovia..., horas y horas a través de bosques y valles, a través de colinas y montañas, a través de estepas y ríos y dinámicas ciudades. ¡Varsovia! ¡Qué lejos quedaba! No podía siquiera imaginar, aunque sí sentir en lo más profundo, esa palabra orgullosa y amenazadora, dura y lejana: Varsovia. Y él...
Durante un segundo aleteó una pequeña y fantástica esperanza. Podía seguirla. Y buscar empleo allí como criado, escribiente, cochero, esclavo; estar allí en la calle como mendigo, todo menos estar tan horriblemente lejos; al menos respirar el aliento de la misma ciudad, verla quizá pasar, ver su sombra, al menos, su vestido y su cabello negro. Ya surgían precipitadas visiones. Pero el momento era duro e implacable. François vio lo inalcanzable desnudo y claro. Calculó: cien o doscientos francos ahorrados, en el mejor de los casos. No bastaban ni para la mitad del camino. Y entonces ¿qué? Como a través de un velo desgarrado vio de pronto su vida, presintió lo pobre, miserable y fea que indefectiblemente sería de ahora en adelante. Años vacíos ejerciendo su profesión de camarero, torturado por un insensato deseo, esa ridiculez iba a ser su futuro. Lo recorrió un escalofrío. Y de pronto todas las cadenas de pensamientos confluyeron arrebatadas e imparables. Había únicamente una posibilidad.
Las copas de los árboles se mecían en una brisa apenas perceptible. La noche oscura y negra se alzaba amenazadora ante él. Entonces se alzó, seguro y sereno, del banco y se dirigió por la grava crujiente hacia el gran edificio que dormía en blanco silencio. Debajo de una de sus ventanas hizo un alto. Estaba ciega y sin un signo brillante de luz en el que se hubiera podido encender el deseo soñador. Ahora su sangre circulaba con latidos tranquilos, y se alejó como alguien al que ya nada confunde y engaña. En su cuarto se echó sin agitación alguna sobre la cama y durmió con un sueño denso y sin imágenes hasta la señal matutina del despertar.
Al día siguiente, su comportamiento se ciñó por completo a los límites de la deliberación meticulosamente definida y de la calma forzada. Con fría indiferencia cumplió con sus obligaciones, y sus gestos tenían una seguridad tan absoluta y tan despreocupada, que nadie hubiera imaginado detrás de la máscara falaz la amarga decisión. Poco antes de la hora de la cena, acudió con sus pequeños ahorros a la floristería más selecta y compró flores exquisitas que en su espléndido colorido le sugerían palabras: tulipanes del color del oro fogoso, que eran como la pasión; crisantemos blancos de amplia corola, como sueños luminosos y exóticos; finas orquídeas, las imágenes estilizadas del deseo, y unas soberbias rosas embriagadoras. Y luego compró un valioso jarrón de cristal con destellos opalescentes. Los pocos francos que aún le quedaban se los regaló al pasar, con un gesto rápido y distraído, a un niño que pedía limosna. Luego volvió al hotel. Con solemnidad melancólica colocó el jarrón con las flores delante del cubierto de la condesa, que dispuso por última vez con voluptuoso y minucioso esmero.
Llegó el momento de la cena. François sirvió la mesa como siempre: reservado, silencioso y competente, sin alzar los ojos. Sólo al final envolvió la silueta cimbreante y orgullosa de la condesa con una mirada infinita, que ella no percibió. Nunca le había parecido tan bella como en esta mirada última y libre de todo deseo. Luego se apartó con serenidad de la mesa, sin gesto alguno de despedida, y abandonó la sala. Como un huésped ante el que se inclinan los criados, atravesó los pasillos y descendió la elegante escalera de recepción hasta la calle: era evidente que en ese momento dejaba atrás su pasado. Delante del hotel se detuvo un segundo, indeciso; entonces empezó a caminar, bordeando iluminadas villas y amplios jardines, siempre adelante como un paseante ensimismado, sin saber adónde se dirigía.

Así vagó inciertamente hasta el anochecer en un estado de enajenación ensoñada. Ya no pensaba más en las cosas. Ni en las pasadas ni en las inevitables. Ya no le daba vueltas a la idea de la muerte, como sin duda en los últimos momentos el suicida circunspecto sopesa en la mano el brillante y amenazador revólver de profundo ojo y lo vuelve a dejar en la mesa. Hacía tiempo que se había sentenciado a sí mismo. Por su mente sólo pasaban imágenes en raudo vuelo, como golondrinas de viaje. Primero, los días de la juventud hasta aquella fatal hora de clase cuando una estúpida aventura lo propulsó violentamente desde la perspectiva de un futuro prometedor a la confusión del mundo. Luego los viajes incesantes, las dificultades por el sueldo, los proyectos, una y otra vez fracasados, hasta que la gran oleada negra, que llamamos el destino, quebró su orgullo y lo dejó abandonado en un puesto indigno. Muchos recuerdos multicolores pasaron revoloteando por su mente. Por fin relució el suave reflejo de los últimos días en sus sueños despiertos; y de nuevo abrieron violentamente la oscura puerta de la realidad que debía traspasar. Recordó que deseaba morir en ese mismo día.
Durante un rato recapacitó sobre los muchos caminos que conducen a la muerte, y comparó su respectiva amargura y su definitiva prontitud. Hasta que lo traspasó un pensamiento. En su sombría cavilación se le ocurrió un funesto símbolo: así como la condesa había arrasado inconsciente y destructivamente su vida, así debía arrollar también su cuerpo. Ella misma lo llevaría a cabo. Ella misma consumaría su obra. Y ahora sus pensamientos se aceleraron con increíble seguridad. En algo menos de una hora, a las ocho, salía el expreso que la llevaba a su encuentro. Se arrojaría debajo de sus ruedas, se dejaría destrozar por la misma fuerza arrebatadora que le arrancaba a la mujer de sus sueños. Se desangraría debajo de sus pies. Los pensamientos galopaban y se perseguían jubilosos. François ya conocía el lugar. Más arriba, al borde del bosque, donde las copas frondosas de los árboles oscurecían la última vista sobre la cercana bahía. Miró el reloj: los segundos y los latidos de su sangre casi marcaban el mismo ritmo. Era hora de ponerse en camino. Y ahora, de repente, sus pasos cansinos se volvieron elásticos y decididos, con ese ritmo duro y precipitado que el sueño mata en su avance. Agitado se precipitó en el esplendoroso crepúsculo del anochecer meridional hacia el lugar en el que, entre lejanas colinas cubiertas de bosque, el cielo aparecía incrustado como una línea color púrpura. Y corrió hasta llegar a las vías del tren, que relucían como dos líneas plateadas y le mostraban el camino. Lo condujeron por una ruta sinuosa hacia la altura, a través de perfumados y profundos valles, cuyos velos de niebla atenuaban plateados la luz cansina de la luna; lo condujeron ascendiendo a las colinas, desde las que se veía lo lejos que el mar vasto y nocturno refulgía con sus brillantes luces costeras. Y le mostraron por fin el profundo bosque mecido por el inquieto viento, que sumergió las vías en las sombras que se cernían.
Ya era tarde cuando François llegó con respiración entrecortada a la ladera oscura del bosque. Los árboles lo rodeaban lúgubres y negros. Sólo arriba, entre las copas transparentes, asomaba la luz temblorosa y pálida de la luna entre las ramas, que se quejaban cuando la ligera brisa de la noche las tomaba en sus brazos. De vez en cuando resonaban extrañas llamadas de lejanos pájaros nocturnos en el apretado silencio. Los pensamientos se le paralizaron por completo en esa aprensiva soledad. François sólo esperaba, esperaba y miraba fijamente si allá abajo, en la curva de la primera serpentina ascendente, asomaba la luz roja del tren. De vez en cuando consultaba nervioso el reloj y contaba los segundos. Luego volvía a prestar atención al lejano grito del tren. Pero era imaginación suya. El silencio era total. El tiempo parecía haberse congelado.
Por fin brilló allá abajo la luz. En ese segundo François sintió una sacudida en el corazón, aunque no hubiera podido decir si de temor o de alegría. Con un movimiento impetuoso se tiró sobre las vías. Al principio sólo sintió un instante el agradable frío de los raíles de hierro en su sien. Luego aguzó el oído. El tren aún estaba lejos. Podía tardar algunos minutos. Ahora no se oía nada excepto el susurro de los árboles en el viento. Los pensamientos saltaban confusos. Y, de pronto, uno que permaneció clavado como una dolorosa flecha en su corazón: que él moría por ella y que ella nunca lo sabría. Que ni la más pequeña ola de su vida encrespada había tocado la de ella. Que ella nunca sabría que una vida ajena había venerado la suya y se había destrozado contra ella.
Apenas perceptible y muy lejano se oía jadear por el aire casi quieto el golpeteo rítmico de la máquina que remontaba la pendiente. Pero el pensamiento seguía quemando con igual fuerza y atormentaba los últimos minutos del moribundo. El tren se aproximaba más y más con su estrépito metálico. Y entonces François abrió una vez más los ojos. Sobre él se extendía un cielo mudo de un azul casi negro y las copas intranquilas de unos árboles. Y sobre el bosque resplandecía una estrella blanca. Una estrella solitaria sobre el bosque... Los raíles empezaron a vibrar suavemente y a zumbar bajo su cabeza. Pero el pensamiento ardía como fuego en su corazón y en la mirada que abarcaba toda la intensidad y la desesperación de su amor. Todo el deseo y esta última dolorosa pregunta se volcaron en la estrella blanca y reluciente, que miraba benignamente sobre él. El tren se aproximaba más y más. Y el moribundo envolvió una vez más con una última e inefable mirada la estrella sobre el bosque. Luego cerró los ojos. Los raíles temblaron y vibraron, la marcha estrepitosa del presuroso tren se acercaba más y más y el bosque resonaba como grandes y martilleantes campanas. La tierra pareció tambalearse. Aún un aturdidor chirrido, un estruendo arremolinado, luego un estridente pitido, el grito de animal asustado del silbato del tren y la queja disonante de un freno inútil.

La bella condesa Ostrovska ocupaba en el tren un compartimiento reservado. Desde el inicio del viaje leía una novela francesa, mecida suavemente por el balanceo del vagón. El aire del estrecho habitáculo era sofocante y estaba cargado del denso perfume de muchas flores a punto de marchitarse. En las magníficas cestas de despedida los racimos de lilas blancas ya dejaban caer la cabeza, cansinas como frutas excesivamente maduras, las flores colgaban flácidas de sus tallos, y los cálices pesados y dilatados de las rosas parecían consumirse en la nube caliente de los aromas embriagadores. Un atosigante bochorno calentaba las pesadas oleadas de perfume, suspendidas perezosas incluso en la presteza acelerada del tren.
De pronto, la condesa dejó caer el libro con dedos fatigados. Ni ella misma sabía por qué. Una sensación misteriosa la invadió. Sintió una presión sorda y dolorosa. Un dolor repentino, inexplicable y angustioso se apoderó de su corazón. Creyó que iba a asfixiarse en el vaho turbador y cálido de las flores. Y ese aterrador dolor no cedía, sentía cada vibración de las ruedas veloces, la ciega marcha hacia delante la martirizaba indeciblemente La asaltó un deseo fulminante de parar el impulso acelerado del tren, de detenerlo ante el oscuro dolor hacia el que se precipitaba. Nunca en su vida había sentido su corazón atenazado por algo tan horrible, invisible y cruel como en esos segundos de dolor inconcebible y miedo inexplicable. Y esa sensación se hizo más y más acuciante, y más apretada la presión alrededor de su garganta. Como una plegaria surgió en ella el deseo de que el tren parara.
Ahí, de repente, un estridente silbato, el grito salvaje de aviso del tren y el quejido de los frenos con su lamentable chirrido. Y el ritmo ralentizado de las ruedas aladas, más y más lento, luego un tartamudeo mecánico y un golpe brusco.
Con dificultad se acercó a la ventanilla para aspirar a bocanadas el aire fresco. El cristal descendió ruidosamente. Afuera siluetas negras, corriendo... Palabras al vuelo de múltiples voces: un suicida... Bajo las ruedas... Muerto... En pleno campo...
La condesa se estremece. Instintivamente su mirada se alza hacia el cielo alto y silencioso y hacia los árboles negros mecidos por el viento. Y sobre ellos una estrella solitaria sobre el bosque. La condesa siente su mirada como una lágrima refulgente. La contempla y de pronto siente una tristeza como nunca la ha sentido. Una tristeza llena de fuego y deseo, como nunca existió en su vida...
El tren reanuda lentamente su marcha. La condesa se reclina en la esquina de su butaca y lágrimas silenciosas se deslizan por sus mejillas. La angustia sorda ha desaparecido, ya sólo siente un profundo y extraño dolor, cuyo origen busca explicarse en vano. Un dolor como el que tienen los niños asustados, cuando despiertan en la noche oscura e impenetrable y sienten que están por completo solos...


Stefan Zweig "La estrella sobre el bosque" [Cuento: Texto completo]


Fuentes:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ale/zweig/estrella.htm

Rousseau "Felicidad y Filosofía "


«El objeto de la vida humana es la felicidad del hombre, pero ¿quién de nosotros sabe cómo se consigue? Sin principio, sin fin cierto, vagamos de deseo en deseo y aquellos que acabamos de satisfacer nos dejan tan lejos de la felicidad como antes de haber conseguido nada. No encontramos regla invariable, ni en las pasiones que se suceden y se autodestruyen incesantemente. Víctimas de la ciega inconstancia de nuestros corazones, el disfrute de los bienes deseados sólo nos prepara para privaciones y penas; todo lo que poseemos únicamente nos sirve para mostrarnos lo que nos falta, y a falta de saber cómo hay que vivir todos morimos sin haber vivido. Si hay algún modo posible de librarse de esa duda horrible es extendiéndola por un tiempo, más allá de sus límites naturales, y desconfiando de todas sus inclinaciones, estudiándose a sí mismo, llevando la antorcha de la verdad al fondo de nuestra alma, examinando de una vez por todas lo que se piensa, lo que se cree, lo que se siente y todo lo que se debe pensar, sentir y creer para ser feliz tanto como la condición humana lo permita. He ahí, mi querida amiga, el examen que os propongo hoy.
¿Pero qué vamos a hacer, Sofía, sino lo que ya hemos hecho mil veces? Todos los libros nos hablan del Soberano Bien, todos los filósofos nos lo muestran; cada uno enseña a los demás el arte de ser feliz, pero ninguno lo ha encontrado por sí mismo. En ese inmenso laberinto de los razonamientos humanos, aprendéis a hablar de la felicidad sin conocerla, aprendéis a discurrir y no vivir, os perdéis en las sutilezas metafísicas. Las perplejidades de la filosofía os asedian por todas partes. Veréis por todas partes objeciones y dudas, y a fuerza de instruiros terminaréis por no saber nada. Este método capacita para hablar de todo, para brillar en un círculo, hace sabios, espíritus bellos, charlatanes, discutidores, felices a juicio de aquellos que escuchan, desdichados tan pronto como están solos.
No, querida niña, el estudio que os propongo no quiere alardear de una vanidad que se puede exhibir a los ojos de los demás, pero colma el ama de todo aquello que hace la felicidad del hombre; consigue la satisfacción de sí mismo, no de los otros; no lleva las palabras a la boca sino los sentimientos al corazón; liberándose y abandonándose a él mismo, otorga más confianza a la voz ce la Naturaleza que a la de la razón».

Podrás encontrar ésta y otras cartas de Rousseau en la obra Cartas a Sofía. Alianza Editorial. Edición de Alicia Villar.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Gustav Meyrink:"El Golem"



                                                              Gustav Meyrink (1868-1932)




Una vieja leyenda narra que en la Callejuela de Oro se halla una casa que se aparece sólo en días de niebla y pueden contemplarla apenas aquellas personas que hayan nacido un domingo. La gente llama aquel sitio "El muro de la última farola".Quien llega al lugar de día ve sólo una gran piedra gris detrás de la cual una pendiente escarpada cae al Foso de los Venados. La leyenda de la casa invisible, situada cerca del Castillo de Praga, la cuenta el escritor alemán Gustav Meyrink en su novela más famosa, "El Golem", publicada en 1915. Gustav Meyrink vivió en Praga durante veinte años. En sus novelas y cuentos praguenses, escritos en una refinada prosa, la capital checa es escenario de sucesos fantásticos y misteriosos, con ingredientes esotéricos. 

                                         Barrio judio en Praga





Gustav Meyrink fue en su tiempo uno de los autores más leídos. Sobre todo su novela "El Golem", que se inspiró en una vieja leyenda sobre un ser artificial, creado en la judería de Praga a finales del siglo XVI, constituyó un gran éxito.
En la Alemania nazi los libros de Meyrink fueron prohibidos. En un Estado totalitario no tenían cabida las obras de un autor que advertía del peligro de los movimientos colectivistas que sofocaban a la personalidad humana individual.
En la doctrina nazi jugó un importante papel el antisemitismo. Al contrario, a Meyrink le atraía la milenaria cultura hebrea y los misterios de la cábala. En la novela "El Golem" inmortalizó a la desaparecida judería praguense y dotó a dos personajes de la novela- el judío Hilel y su hermosa hija Miriam- de profunda sabiduría.
Después de la Segunda Guerra Mundial los libros de Meyrink fueron redescubiertos primero por psicólogos, como Carl Gustav Jung, y a partir de los años 70 por los amantes de la ficción fantástica.
En la Checoslovaquia comunista acceder a los libros de Meyrink fue bastante difícil. El autor que escribió que "vivimos sólo para el perfeccionamiento de nuestra alma", no era aceptable para los ideólogos materialistas.
Las obras de Gustav Meyrink volvieron a editarse en este país en los años 90, tras la caída del totalitarismo. Redescubrir a este autor es una asignatura pendiente para los checos. Praga se presenta exclusivamente como la ciudad de Franz Kafka, y es incomprensible que no utilice para su promoción en el mundo también a la personalidad de Gustav Meyrink, un hombre fuera de lo común, que pasó en Praga una etapa decisiva de su azarosa vida.
Gustav Meyrink nació en 1868 en Viena, hijo de una actriz de la corte bávara de Múnich. El padre, ministro del rey de Wurtemberg, se negó a legitimarlo.
Del niño cuidaron primero los abuelos maternos, una familia acomodada, residente en Hamburgo. Posteriormente acompañó a su madre que actuó sucesivamente en varios teatros centroeuropeos. Así, el muchacho estudió escuelas de Múnich, Hamburgo y, a partir de 1883, de Praga.
En 1885 terminó el contrato de la madre de Meyrink con el Teatro Alemán de Praga y la actriz se marchó de la capital checa, dejando allí a su hijo de diecisiete años.
El joven hizo en Praga los exámenes de bachillerato, cursó la academia comercial y durante un año trabajó como practicante en una empresa de exportación. Después fundó con un pariente del poeta alemán Christian Morgenstern una casa bancaria.
Gustav Meyrink se incorporó pronto a la vida social de la comunidad alemana de Praga. Se daba aires de dandy y era un conocido deportista. Destacaba en la esgrima y el tiro, y según algunos testigos condujo el primer automóvil que recorrió las calles de la capital checa. Fue un notable campeón del club de remo Regata.
Ya como banquero mantenía contactos con la joven generación de artistas alemanes de Praga. Le unía con ellos, entre otros, el amor a la vieja Praga.
El escritor relataría más tarde que su vida en la juventud transcurrió bajo el signo de los romances amorosos, el ajedrez y el remo, hasta que se produjo un sorprendente giro.
Agobiado por una profunda depresión resultante de una vida sin sentido, quiso matarse. Cuando ya acercaba a la sien el revólver, escuchó un crujido de papel. Alguien había tirado por debajo de la puerta un delgado folleto titulado "Sobre la vida póstuma".
El joven banquero pasó toda la noche leyendo sobre los célebres médiums de la época, dotados de facultades paranormales, como la de ponerse en contacto con personas ya fallecidas. En aquel momento empezó el interés de Gustav Meyrink por las ciencias ocultas. Sin embargo, con el tiempo denunciaría el espiritismo como una peligrosa peste.
En 1891, cuando tenía 23 años, Gustav Meyrink fundó en Praga una logia teosófica, cuyos miembros se proponían lograr la armonía entre la religión, la ciencia y la filosofía, impulsar la confraternización entre todas las razas y pueblos con el fin de constituir una familia espiritual, y erradicar el mal del mundo. A dicha logia pertenecían también destacadas personalidades checas, como el escritor Julius Zeyer.
Durante toda su posterior vida, Meyrink estudió apasionadamente distintas doctrinas místicas y secretas, y en cierta etapa de su estancia en Praga se dedicó incluso a la magia. Su búsqueda espiritual le llevaría más tarde a adherirse al budismo.
Meyrink inició su carrera literaria enviando relatos a la revista ilustrada Simplicissimus, de Munich. El primer cuento, que se titula "El soldado caliente", tiene un protagonista checo de apellido Zavadil.
El cuento fue publicado en 1901 cuando empezaba para el banquero y escritor en ciernes un período crítico. Sus últimos años en Praga serían ensombrecidos por injustos agravios.
Todo comenzó por un desagradable incidente. Un hombre insultó públicamente a Filomena Bernt,una mujer con la cual Meyrink mantenía una relación tras el fracaso de su primer matrimonio. El joven banquero desafió al autor de la ofensa pero éste se negó a batirse en duelo con un hijo ilegítimo y demandó a Meyrink por presunto delito de ultraje al honor.
El tribunal dictó una sentencia condenatoria contra Meyrink. Antes de que pudiera recurrir la sentencia, fue arrestado. La policía recibió la denuncia de que Meyrink habría cometido una estafa en su banco.
A pesar de las minuciosas investigaciones y el registro en la casa bancaria de Meyrink, la policía no encontró pruebas de la presunta malversación. El banquero fue absuelto de la acusación de estafa, pero inmediatamente volvió a la prisión porque entretanto fue confirmada la condena a quince días de cárcel por el supuesto ultraje a la honra.
Así terminó definitivamente la carrera de banquero de Gustav Meyrink, y su banco cerró las puertas en 1902.
En 1904 Meyrink dejó Praga para siempre. Pero se llevó en la mente las singulares y asombrosas leyendas y mitos que encerraban los muros de los antiquísimos palacios de Malá Strana y de Hradcany, y las tortuosas callejuelas de la judería praguense.
Lejos de la capital checa, Meyrink recrea la Praga fantástica en sus novelas "El Golem" y "La noche de Valpurgia". En esta última obra, publicada en 1921, el escritor describe un levantamiento popular que sacude los viejos palacios de Malá Strana y la muchedumbre enloquecida desencadena una implacable caza a las víctimas.
Meyrink presentía que el siglo XX sería escenario de grandes cataclismos sociales. En los años 20 no compartía la confianza en la solidez de la democracia europea. Falleció en 1932. Un año después llegó al poder en Alemania Adolf Hitler.

Durante el periodo de entreguerras, en el Barrio Viejo de Praga ("Jerusalén de Europa", se llamó) florecen dos antiquísimos mitos judíos que se renuevan en la cumbre de la fantasía más alucinógena del siglo XX. Gustav Meyrink despierta al golem del rabino Loew, Franz Kafka aporta entre otras cosas la parábola cabalística del castillo. Moisés Maimónides (s. XII) la usaba al final de su 'Guía de perplejos' (capítulo 51 de la parte tercera): el rey (Dios) en el interior del castillo, y, desperdigados, en estancias más o menos apartadas, los vasallos, errabundos, en su busca.


El Golem, o la Leyenda del Hombre Artificial.

La leyenda del Golem aparece relacionada con el rabino Jehuda Low Ben Becadel, rabino en el ghetto judío medieval de Praga. Praga era el lugar de encuentro de diferentes corrientes migratorias de judíos, provenientes del este y del sur de Europa, así como de Rusia. Era una comunidad floreciente y culta. El rabino Low era el máximo exponente de esta amalgama cultural, estudioso de la cábala y la doctrina judía, muy interesado en las tradiciones, cuentos y leyendas de su pueblo. 



  La tumba de rabino Löw
 

La leyenda cuenta que el rabino Low mediante el estudio de las escrituras sagradas a través de la cábala logró descifrar la palabra que Yahvé utilizó para dar el don de la vida. Fabricó entonces un pequeño hombre de arcilla e introdujo en su boca un papel con la palabra escrita, el muñeco de arcilla creció hasta ser un hombre de gran tamaño y la vida animó sus miembros. Sin embargo como Low no era Dios, no doto a este hombre de alma, era una marioneta animada sin voluntad propia. Se caracterizaba por una extraordinaria fuerza y obedecía en todo al rabino Low. Mas el rabino debía retirar el papel antes de caer la noche o el Golem escaparía a su control. 

                           La sinagoga Vieja-Nueva. Según la leyenda, aquí se esconde el Golem

Un sábado olvidó retirar el papel antes de la hora señalada y la criatura se transformó en una fuerza destructora. Cuando lograron retirar el papel, el Golem había destrozado el ghetto judío por completo. Low escondió entonces el hombre de arcilla en un lugar secreto y destruyó el papel, y vaticinó que cuando el pueblo judío se hallase en problemas aparecería un rabino iluminado por Dios que volvería a descifrar la palabra mágica, sería un rabino muchomás sabio que él mismo, entonces el Golem volvería a aparecer y salvaría a su pueblo de sus tribulaciones. 




                                     Sinagoga Vieja(Praga)
  Jehuda Low Ben Becadel fue un personaje histórico real y ciertamente el ghetto judío sufrió una destrucción en aquella época, sin embargo jamás se ha hallado prueba alguna de que nada parecido al Golem existiese, a pesar de que gente como Egon Erwin Kisch (periodista) siguiese sus huellas, tanto en la sinagoga donde Low vivió, como en La Colina de la Horca dónde tradicionalmente se dice que se enterró el Golem.
Algunas personas creyeron y creen en la fábula como una realidad. Durante la Segunda Guerra Mundial hubo voces que dijeron que el Golem iba a aparecer para salvar al pueblo judío, de una forma directa o indirecta, como una fuerza destructora que aniquilaría a los enemigos. Tras la guerra, esas mismas personas se preguntaban por qué el Golem no había acudido para salvarles. aún hay gente que cree que ha de volver a aparecer.




El Golem, Gustav Meyrink

“A menudo he reflexionado largamente acerca de esas cosas, y me parece que me acerco al máximo a la verdad diciendo lo siguiente: en el curso de una vida hay siempre un momento en que una epidemia espiritual recorre el barrio judío con la rapidez del rayo, ataca las almas de aquellos que viven con un designio que permanece para nosotros oculto, y hace aparecer a la manera de un espejismo la silueta de un ser característico que hace siglos vive aquí, y quizá desea ávidamente reencontrar forma y sustancia.
»Puede que esté constantemente entre nosotros, sin que nos percatemos. Del mismo modo que escuchamos la nota del diapasón antes de que éste golpee la madera y la haga vibrar al unísono.
»Quizá haya en ello una suerte de obra de arte espiritual, sin conciencia de sí misma: una obra de arte que nace de lo informe, como un cristal, según leyes inmutables.
»¿Quién sabe?”


El Golem, la novela más conocida de Gustav Meyrink, se basa en la antigua leyenda hebrea del Golem: un ser hecho de barro al que la palabra concede vida; un mito reinterpretado por muchos escritores, por Borges por ejemplo, y también adaptado el cine en más de una ocasión. Sin embargo, Meyrink, aficionado a la cábala y al ocultismo, hace una utilización muy personal del mito, y nos sumerge en el ambiente enfermizo, onírico, alucinatorio del ghetto judío de Praga.
Ya desde el prólogo mismo queda claro que los sueños ocupan un lugar central en El Golem:

"La luz de la luna cae a los pies de mi cama y se queda allí como una piedra grande, lisa y blanca. Cuando la luna llena empieza a encogerse y su lado derecho se carcome -como una cara que se acerca a la vejez mostrando primero las arrugas en una mejilla y perfilándose después- a esa hora de la noche, se apodera de mí una inquietud sombría y angustiosa..."
 
La historia que, de manera muy oblicua, se nos narra en esta obra, es la de Athanasius Pernath, un habitante del ghetto de Praga confusamente unido a la figura misteriosa del Golem y en cuyo relato se mezcla lo real con lo soñado o lo imaginado. Lo rodean otros personajes, algunos repulsivos, otros atractivos, otros que mezclan ambas cualidades, que giran y se agitan desordenadamente y contribuyen a la turbación del personaje, y del lector con él.

“La vida toda no es nada más que preguntas convertidas en formas, que llevan en sí el germen de las respuestas… y de respuestas preñadas de preguntas. Aquel que vea otra cosa es un loco”.
(GUSTAV MEYRINK. El Golem)
 La Leyenda de el Golem

El deseo del hombre por imitar a Dios ha dado origen a la leyenda del golem en sus múltiples versiones; la palabra Golem es utilizada en la Biblia (Salmos, 139:16), pero es en la literatura talmúdica donde se ha desarrollado, siendo en la tradición judeocabalística en la que se le han ido añadiendo atributos a esta figura elemental. Un Golem se refiere a la creación mágica de una especie de hombre, a imitación del acto divino de la creación de Adán por Dios; esta figura simbólica responde a la materia animada de modo artificial, informe, o Adán antes de que le fuera insuflada el alma. Según la tradición cabalística, grandes maestros de la doctrina secreta dominaban el arte de infundir, mediante el uso correcto de la palabra creadora, una especie de vida falta de entendimiento en un ser humano formado de barro. Los relatos más conocidos se refieren al Rabino Eleazar de Worms, pero sobre todo a la leyenda del Rabino Jehuda Löw ben Bazalel ,quien fue contemporáneo del emperador Rodolfo II, y que creó un Golem para defender el ghetto de Praga de las represiones antisemitas, así como para atender el mantenimiento de la sinagoga.
Erich Fromm, en su libro Y seréis como dioses, analiza las líneas principales del pensamiento bíblico y rabínico, en las que el hombre puede hacerse como Dios, pero no puede hacerse Dios. Observa que hay afirmaciones rabínicas que implican que la diferencia entre Dios y el hombre pueden eliminarse. Una afirmación que expresa la idea de que el hombre puede llegar a ser el creador de la vida, como lo es Dios, se encuentra en el pasaje siguiente, que cito nuevamente en la cuarta de las versiones que enumero de Scholem: “Rabá dijo: Si los justos lo quisieran, podrían (llevando una vida de absoluta pureza) ser creadores, porque está escrito: pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios” (Is. 59:2). (Rabá interpreta mavedilin con el sentido de “hacer distinción”. Si no fuera por sus iniquidades, su poder sería igual al de Dios y podrían crear el mundo.) Rabá creó un hombre y se lo envió al Rabí Zera. El Rabí Zera le habló, pero no recibió respuesta. Por lo tanto le dijo: “Tú eres una criatura de los magos. Vuelve al polvo” (Sanedrín 65b). La idea de que el hombre ha sido creado a imagen de Dios lleva no solamente al concepto de la igualdad del hombre con Dios, o aun a la libertad respecto de Dios, sino que también lleva a la convicción humanística central de que todo hombre lleva en sí mismo a toda la humanidad.
Cuando en el Génesis Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, queda implícita la idea de que éste puede ser como Dios, pero el hecho de que el hombre pueda convertirse en Dios y que Dios le impida alcanzar este objetivo, como se advierte en la prohibición a Adán y Eva del fruto del árbol del conocimiento y la consecuente expulsión del Paraíso, la separación de los hombres por la faz de la tierra y la confusión de sus lenguas cuando los hombres construyeron la torre de Babel, y otras acciones que provocaron la ira de Dios y la destrucción masiva con el fuego y el Diluvio Universal. Fromm interpreta que el hecho de que los diversos editores no hayan eliminado del texto dicha contradicción, es porque debieron tener sus razones para hacerlo. Quizás una razón es que querían insistir en que el hombre no es Dios, ni puede volverse Dios; puede hacerse como Dios, puede imitar a Dios, por así decirlo. En verdad, esta idea de la imitatio Dei, de aproximarse a Dios, requiere la premisa de que el hombre ha sido hecho su imagen. Sin embargo, hay que considerar que el Sanedrín afirma que en la versión más antigua de la creación del hombre, falta la idea de que el hombre fue creado a imagen de Dios. Dice así: “Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra; y el hombre se convirtió en un ser viviente” (Gén, 2:7). También en otros lugares del Talmud se habla del hombre como incapaz de ser Dios, pero capaz de ser igual a Dios, compartiendo con él la soberanía del mundo.
La novela de Gustav Meyrink, El Golem, de 1915, se basa en los relatos sobre el Rabino Jehuda Löw ben Bazalel, y ésta inspiró a otros autores como H. Leivick, y a escritores alemanes del siglo XIX: Archim von Arnim, E.T.A. Hoffmann, Friedrich Hebbel, y más tarde por algunos franceses, como Villiers de lIsle Adam, aunque si bien el tema ya aparece muy modificado. 
Asimismo, se realizó la película de Paul Wegener Der Golem (1920) . En las diversas versiones de la leyenda, los místicos ambiciosos acaban por ser castigados por su atrevimiento, muy similares al Frankenstein de Mary Shelley y al homúnculo alquímico.



 El hecho de que estos seres acaben por atacar a sus creadores, se puede interpretar como una suerte de advertencia ante el uso irreflexivo de fuerzas mágicas que acaban por rebasar las intenciones del creador y se vuelven incontrolables. También cabe inferir que en determinados ejercicios místicos, el que medita puede sentirse a sí mismo como figura ajena que casi le sofoca (como se refiere acerca del cabalista Hai ben Scherira, hacia 1000 d. C.); asimismo es posible concebir la leyenda como una paráfrasis judía de leyendas cristianas, por ejemplo, la de San Alberto Magno, de quien se dice que construyó un sirviente artificial, a quien más tarde su discípulo Santo Tomás de Aquino destruyó.
Gershom Scholem considera que el Golem aparece como una imagen simbólica del camino a la redención, el alma colectiva materializada de la judería, con todos los aspectos sombríos de lo fantasmagórico: Es en parte una sosia del héroe, un artista que combate por su redención y para sí mismo, y que purifica mesiánicamente a la otra parte, el Golem, su propio yo no redimido.
Otra interpretación indica que el Golem simboliza la creación de un ser sin libertad, inclinado al mal, esclavo de sus pasiones; si la verdadera vida humana no procede más que de Dios, entonces el Golem, en un sentido más interno, no es sino la imagen de su creador, la imagen de una de sus pasiones que crece y amenaza con aplastarlo, significa por fin que una creación puede exceder a su autor.

EL ESTUDIO DE GERSHOM SCHOLEM
[La idea del Golem en sus relaciones telúricas y mágicas]


Gershom Scholem, en su libro La Cábala y sus símbolos, realizó el estudio más minucioso conocido sobre el Golem. Para él, la novela de Meyrink intentó diseñar “una especie de imagen simbólica del camino de la salvación”, usando extrañamente la figura de la leyenda popular judeocabalística, que retomó y transformó fantásticamente, concibiendo al ghetto de Praga de forma sumamente exótica y futurista y una cabalística hipotética, en la que se presentan más ideas de la salvación de tipo hindú que judaico; la atmósfera posee una profundidad incontrolable que es fácilmente confundible para la charlatanería mística, y para el épater le bourgeois. Dice que el Golem de Meyrink es, en parte, un alma colectiva materializada del ghetto, con todos los turbios residuos de lo fantasmal y, en parte, un doble del héroe, un artista que lucha por su liberación y que purifica mesiánicamente en ella al Golem, su propio yo esclavizado. Scholem considera que en la novela (a pesar de su fama) hay poco de la tradición judía, incluso en las formas decaídas y transformadas de la leyenda, y para demostrarlo describe las genuinas tradiciones judías sobre el Golem, de las que cito algunas a continuación:
1. La estructura judía tardía de la leyenda, en la descripción de Jakob Grimm en el “Periódico para eremitas” en 1808, es la siguiente: Lo judíos polacos modelan, después de recitar ciertas oraciones y de guardar unos días de ayuno, la figura de un hombre de arcilla y cola, y una vez pronunciado el šem hameforáš [el nombre divino] maravilloso sobre él, éste ha de cobrar vida. No puede hablar, aunque entiende bien lo que se habla o se le ordena. Le dan el nombre de Golem, y lo emplean como una especie de doméstico para ejecutar toda clase de trabajos caseros. Pero no debe salir nunca de casa. En su frente se encuentra escrito emet [verdad], va engordando cada día, y rápidamente crece y se hace fuerte que todos los demás de la casa, a pesar de que antes era tan pequeño, causando temor de él, y provocando que le borraron la primera letra, de modo que sólo queda met [está muerto], y entonces el muñeco se deshace y se convierte en arcilla. Pero hubo una vez uno que se descuidó y dejó crecer tanto a su Golem, que ya no podía llegarle a la frente, y entonces ordenó a su criado, con temor, que le quitase las botas, para al doblarse poder alcanzar su frente. Ocurrió como esperaba, y pudo borrarle la primera letra, pero toda la carga de arcilla cayó sobre el judío lo aplastó.
Investigar la idea del Golem como hombre creado por artes mágicas, obliga a recurrir a las concepciones de Adán, el primer hombre puesto que la creación del Golem entra en competencia en algún punto con la creación de Adán y que el poder creador del hombre se perfila aquí sobre el horizonte del poder creador de Dios, sea con ánimo imitador o bien con espíritu de oposición. Adán es el ser extraído de la tierra, y destinado de nuevo a ella, a quien el soplo divino otorgó el habla y la vida. Estaba constituido de materia de la Tierra, de barro auténtico, de partes finísimas de barro, como señaló Filón, en De opificio mundi: “Hay que pensar que Dios quería crear esta figura semejante al hombre con el máximo cuidado, y que por ello no tomó polvo del primer trozo de tierra que se le presentó, sino aportó lo mejor de toda la Tierra, lo más puro y fino del puro material primigenio, lo que se adecuaba mejor a su creación”. Esto corresponde a la Aggadá judía, con múltiples variantes. En las normas de la Torá se apartaba de la masa una ofrenda como lo más selecto para uso sagrado, de la misma manera constituye Adán la ofrenda que se tomaba como la mejor parte de la Tierra, del centro del mundo sobre el monte Sión, está tomado del centro y en su creación se unificaron todos los elementos, como su etimología lo indica. En determinado momento de su creación, Adán es un Golem, una materia amorfa, hasta el momento de ser afectado por el soplo divino, como en un famoso pasaje del Talmud que describe las primeras doce horas del primer día de Adán, que van desde la aglutinación de la tierra, hasta la expulsión del Paraíso.

2. En un Midráš de los siglos II y III, se describe a Adán no sólo como Golem, sino incluso como un Golem de tamaño y fortaleza cósmicos, al que Dios ha mostrado en este estado de inanición e incapacidad locutiva todas las generaciones futuras hasta el fin de los siglos. Antes de que Adán posea conocimiento y razón, se le otorga una visión de la historia de la creación, que discurre ante él en imágenes. En el momento en que Dios creó al primer Adán, lo creó como Golem, estaba extendido desde un extremo de la tierra hasta el otro: “Tus ojos vieron a mi Golem”. Rabí Yehudá bar Sim’ón decía: Mientras Adán yacía todavía como Golem ante aquél que habló e hizo surgir el mundo, éste le mostró todas sus generaciones y sus sabios, todas las generaciones y sus jueces, todas las generaciones y sus caudillos. Es posible que en dicho estado primitivo a Adán se le haya incorporado alguna capacidad telúrica derivada de la tierra de la que él había sido extraído, la cual le permitió asimilarse a la visión descrita. La enorme grandeza de Adán, que llenaba todo el universo, fue reducida según la Aggadá a dimensiones humanas —si bien aún gigantescas— después de la primera caída. En la figura de las primitivas dimensiones cósmicas de este ser terrestre se pueden contemplar dos concepciones: Una considera a Adán como un enorme prototipo de mitos cosmogónicos; la otra considera dichas dimensiones más bien como una representación extensiva de la fuerza de todo el universo resumida en él.

3. Otra concepción se encuentra en un fragmento de una obra midrášica perdida en cuanto al conjunto, el Midráš Abkir, en el que se han conservado ideas arcaicas y tendencia mítica: «Rabí Berajica decía: Cuando Dios quiso crear el mundo, comenzó su creación precisamente con el hombre, y le dio, pues, forma de Golem. Cuando después se dispuso a inspirarle un alma, dijo: Si le hago levantarse ahora, se dirá que fue mi compañero durante la empresa de la creación, de modo que quiero dejarlo como Golem [en estado inacabado, bruto] hasta que haya creado todo. Cuando hubo creado todo, le dijeron los ángeles: ¿No vas a hacer al hombre del que has hablado? Y respondió: Lo tengo hecho desde hace tiempo, y sólo queda la inspiración del alma. Entonces le inspiró un alma, le hizo levantarse y resumió toda la naturaleza en él. Con él comenzó y con él concluyó, como está escrito: “De arriba a abajo me has formado tú”. Es verdaderamente asombrosa la despreocupación con la que la exégesis aggádica abandona aquí el terreno de la narración bíblica, con la que coloca la creación real del hombre como Golem —en el que se halla contenida la fuerza de todo el universo— al principio de toda la creación y su animización solamente final. No son la segunda y la cuarta hora de la vida de Adán las que se interponen entre su estado informe y su animización, sino que es el conjunto de la obra de la creación el que se encuentra entre ambos. Y del mismo modo que antes se reunió tierra de todo el mundo destinada a él, ahora es todo el mundo el que se encuentra resumido en él.
Esta atrevida desviación mítica de la narración bíblica se repite en otro punto importante: mientras el Génesis sólo conoce la inspiración del hálito de la vida por Dios, con lo que Adán deviene en un “alma viviente”, en la tradición judía no faltan afirmaciones sobre un espíritu telúrico que era inherente a Adán, contradiciendo totalmente a la narración bíblica.

4. La repetición del acto creador de un hombre, sirviéndose de medios mágicos o de cualquier otro tipo no claramente definido, apunta hacia otras direcciones, como en ciertas narraciones legendarias del Talmud, sobre algunos famosos rabinos de los siglos II y IV. «Raba decía: Si los justos quisieran, serían capaces de crear un mundo, pues está escrito (Isaías, 59:2): Porque vuestros pecados son causa de separación entre vosotros y vuestro Dios» De modo tal que, si no existieran los pecados, como es el caso de los justos perfectos, no habría separación entre la capacidad creadora de Dios y del justo libre de falta, como sucedió con Raba quien creó un ser humano y lo envió a Rabí Zera. Éste habló con él pero no obtuvo respuesta, entonces le dijo: Tú procedes, sin duda, de los compañeros [los miembros de la alta escuela talmúdica]; retorna de nuevo a tu polvo. Según algunos sabios, la frase debió ser interpretada de manera distinta: Tú procedes sin duda de los magos. El poder creador del creyente es limitado, pues Raba consiguió crear un hombre capaz de ir andando hasta Rabí Zera, pero no pudo proporcionarle el habla, y es por esta incapacidad locutoria que reconoce la naturaleza mágica y artificial del Golem.

5. El Libro de la Creación juega un papel importante en la idea del Golem. Refiere que para la creación de un Golem tienen importancia crucial los nombres de Dios y las letras, que constituyen las signaturas de todo lo creado: Estas letras son propiamente los elementos de construcción, las piedras con las que se ha levantado la obra de la creación. Es decir que la clave para la creación de un hombre, se encuentra en las letras de la cosmogonía, en una compleja combinación de elementos astronómicos-astrológicos y anatómicos-fisiológicos, y la forma en que tiene lugar la construcción del cosmos a partid de las letras, de modo que el hombre y el mundo se encuentran en mutua sincronización microcósmica: cada letra domina sobre un miembro del hombre o un sector del mundo externo.
El ritual de la creación golémica del Libro de la Creación citado por Scholem, no parece tener otro objeto que poner de manifiesto el poder de los nombres sagrados. La creación de un Golem encierra peligros, incluso la muerte como toda creación magna; pero dichos riesgos no proceden del Golem, de las fuerzas que de él derivan, sino del hombre mismo: el producto de tal creación no es el que origina por medio de cualquier forma de independización poderes peligrosos, sino que lo que ha de tacharse peligroso es la tensión suscitada por el proceso en el propio creador. Los fallos en la ejecución del proceso no conducen a una degeneración del Golem, antes bien a la destrucción directa de su constructor. Por otra parte, la incapacidad locutoria del Golem no constituye un factor esencial como se ha supuesto con frecuencia, ya que cuando se le otorga el alma y la vitalidad, obviamente estaría capacitado para el habla: el Golem no es un ser carente de habla por naturaleza, pero los cabalistas se han empeñado en describirlo como una forma animada, al que su creador es incapaz de dotarle el conocimiento divino y del habla, como al hombre verdadero a quien Dios ha marcado con el sello emet, propiedad del anima rationalis, ya que un alma en movimiento no necesariamente es un alma racional que es la que tiene capacidad locutiva. Esta afirmación corresponde a la idea dominante entre los cabalistas de que el habla es el don sumo: la madre de la razón y de la revelación.

6. Las formas tardías de la leyenda golémica, registradas en Polonia a partir del siglo XVII, apuntan hacia otra dirección diferente: el Golem se une al concepto de la servidumbre, y se le adjudica el carácter de peligrosidad para el entorno. Johann Wülfer escribió en 1675, que en Polonia existían unos extraordinarios constructores que eran capaces de fabricar con el nombre divino, sirviéndose del barro, unos famuli mudos. Después de recitar determinadas oraciones y tras algunos días de ayuno, construyen una figura humana de barro, y una vez que han pronunciado sobre ella el šem hameforáš, la imagen se torna viviente. Aunque no habla comprende bien lo que se le dice y ordena, y realiza todo tipo de trabajos caseros, pero no debe salir de casa. Sobre su frente ha sido escrita la palabra emet que significa verdad. Esta criatura crece constantemente hasta ser mayor que los moradores de la casa, que se van sintiendo atemorizados. Entonces borran de su frente la primera letra, de modo que sólo queda met que significa muerto. El Golem se derrumba y queda reducido al barro anterior. En otra versión se cuenta que al borrarle la letra el barro cayó sobre el rabino, quien quedó aplastado. Asimismo se dice que el nombre de Dios estaba escrito en un pergamino sobre su frente, y que al querer arrancárselo, el Golem causó daños al rabino y le arañó el rostro.



7. La transmisión de la leyenda polaca sobre el rabino de Chelm a Praga, y a una figura mucho más famosa del mundo judío, el Gran Rabí Lew (—Löw— entre 1520 y 1609), no ha de haber sido muy anterior a Grimm, y no parece probable que se hayan desarrollado con independencia. Dentro de la tradición de Praga de principios del siglo XIX, se le asoció a la liturgia del viernes por la tarde. Según la versión, el Rabí Lew construyó un Golem que servía en toda clase de trabajos a lo largo de la semana; pero como todas las criaturas descansan en sábado, el rabino transformaba a Golem en barro antes de la entrada de cada sábado, quitándole el nombre vivificador de Dios. Pero una vez olvidó quitarle el šem. Estaba ya reunida la comunidad en la sinagoga para los oficios divinos, incluso ya habían recitado el salmo sabático número 92, cuando el Golem se enfureció y con enorme energía sacudió las casas y amenazaba destruirlo todo. Entonces llamaron al rabino, cuando todavía no comenzaba el sábado, y éste se abalanzó contra el Golem y le arrancó el šem, derrumbándose el Golem en tierra. El rabino ordenó que se cantase por segunda vez el salmo sabático, lo que quedó desde aquel momento como una institución definitiva de la Escuela antiguo-moderna de Praga. El rabino no volvió a inspirar vida al Golem, e hizo enterrar sus restos en el desván de la antiquísima sinagoga, en donde yacen hasta hoy.

EL GOLEM EN JORGE LUIS BORGES


La figura del golem de Meyrink fue para Jorge Luis Borges uno de sus temas predilectos, y se dio a la tarea de investigar la leyenda judía hasta que leyó con fascinación el libro de Scholem. Al menos tres de sus textos dan cuenta de ello: En primer lugar el poema El Golem, del libro El otro, el mismo, donde habla de la creación de este ser por Judá León —el Rabino Jehuda Löw ben Bazalel—, y la aportación de Scholem, además de plantear la visión de Dios ante la obra del mago. En segundo lugar la conferencia de La cábala, en la que diserta sobre la interpretación tradicional que los cabalistas judíos han realizado acerca del Pentateuco, su complejo simbolismo sobre el lenguaje que lo constituye. Por último y a manera de motivo, el cuento Las ruinas circulares, del libro Ficciones, en el que un mago se da a la tarea de crear a un ser de sueño con la finalidad de extrapolarlo a la realidad, relato que merece una indagación minuciosa acerca de la leyenda.
Transcribo el poema, el fragmento de La cábala y el cuento, donde Borges mantiene viva la leyenda y cumple en su lenguaje la afirmación de que la cábala es una suerte de metáfora del pensamiento, además de plantear extraordinariamente su idea de que en cada uno de nosotros hay una partícula de divinidad.


La Cábala (Fragmento)
Querría hablar ahora de uno de los mitos, de una de las leyendas más curiosas de la cábala. La del golem, que inspiró la famosa novela de Meyrink que me inspiró un poema. Dios toma un terrón de tierra (Adán quiere decir tierra roja), le insufla la vida y crea a Adán, que para los cabalistas sería el primer golem. Ha sido creado por la palabra divina; y como en la cábala se dice que el nombre de Dios es todo el Pentateuco, salvo que están barajadas las letras, así, si alguien poseyere el nombre de Dios o si alguien llegara al Tetragrámaton —el nombre de cuatro letras de Dios— y supiera pronunciarlo correctamente, podría crear un mundo y podría crear un golem también, un hombre.
Las leyendas del golem han sido hermosamente aprovechadas por Gershom Scholem en su libro El simbolismo de la cábala, que acabo de leer. Creo que es el libro más claro sobre el tema, porque he comprobado que es casi inútil buscar fuentes originales. He leído la hermosa y creo que justa traducción (yo no sé hebreo, desde luego) del Sefer Ietzira o Libro de la Creación, que ha hecho León Dujovne. He leído una versión del Zohar o Libro del esplendor. Pero esos libros no fueron escritos para enseñar la cábala, sino para insinuarla; para que un estudiante de la cábala pueda leerlos y sentirse fortalecido por ellos. No dicen toda la verdad: como los tratados publicados y no publicados de Aristóteles.
Volvamos al golem. Se supone que si un rabino aprende o llega a descubrir el secreto nombre de Dios y lo pronuncia sobre una figura humana hecha de arcilla, ésta se anima y se llama golem. En una de las versiones de la leyenda, se inscribe en la frente del golem la palabra EMET, que significa verdad. El golem crece. Hay un momento en que es tan alto que su dueño no puede alcanzarlo. Le pide que le ate los zapatos. El golem se inclina y el rabino sopla y logra borrarle el aleph o primera letra de EMET. Queda MET, muerte. El golem se transforma en polvo.
En otra leyenda un rabino o unos rabinos, unos magos, crean un golem y se lo mandan a otro maestro, que es capaz de hacerlo pero que está más allá de sus vanidades. El rabino le habla y el golem no le contesta porque le están negadas las facultades de hablar y concebir. El rabino sentencia: “Eres un artificio de los magos; vuelve a tu polvo.” El golem cae deshecho.
Por último, otra leyenda narrada por Scholem. Muchos discípulos (un solo hombre no puede estudiar y comprender el Libro de la Creación) logran crear un golem. Nace con un puñal en las manos y les pide a sus creadores que lo maten “porque si yo vivo puedo ser adorado como un ídolo”. Para Israel, como para el protestantismo, la idolatría es uno de los máximos pecados. Matan al golem.






Incorporo al poema un video con la voz de Borges y algunas imágenes de la película Der Golem (1920) del director Paul Wegener:

El Golem
Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo.


Y, hecho de consonantes y vocales,
Habrá un terrible Nombre, que la esencia
Cifre de Dios y que la Omnipotencia
Guarde en letras y sílabas cabales.


Adán y las estrellas lo supieron
En el Jardín. La herrumbre del pecado
(Dicen los cabalistas) lo ha borrado
Y las generaciones lo perdieron.


Los artificios y el candor del hombre
No tienen fin. Sabemos que hubo un día
En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
En las vigilias de la judería.


No a la manera de otras que una vaga
Sombra insinúan en la vaga historia,
Aún está verde y viva la memoria
De Judá León, que era rabino en Praga.


Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave.


La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
Sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
De las Letras, del Tiempo y del Espacio.


El simulacro alzó los soñolientos
Párpados y vio formas y colores
Que no entendió, perdidos en rumores
Y ensayó temerosos movimientos.


Gradualmente se vio (como nosotros)
Aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.


(El cabalista que ofició de numen
A la vasta criatura apodó Golem;
Estas verdades las refiere Scholem
En un docto lugar de su volumen.)


El rabí le explicaba el universo
"Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga."
Y logró, al cabo de años, que el perverso
Barriera bien o mal la sinagoga.


Tal vez hubo un error en la grafía
O en la articulación del Sacro Nombre;
A pesar de tan alta hechicería,
No aprendió a hablar el aprendiz de hombre,



Sus ojos, menos de hombre que de perro
Y harto menos de perro que de cosa,
Seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.


Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
Ya que a su paso el gato del rabino
Se escondía. (Ese gato no está en Scholem
Pero, a través del tiempo, lo adivino.)


Elevando a su Dios manos filiales,
Las devociones de su Dios copiaba
O, estúpido y sonriente, se ahuecaba
En cóncavas zalemas orientales.


El rabí lo miraba con ternura
Y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
Pude engendrar este penoso hijo
Y la inacción dejé, que es la cordura?


¿Por qué di en agregar a la infinita
Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
Madeja que en lo eterno se devana,
Di otra causa, otro efecto y otra cuita?


En la hora de angustia y de luz vaga,
En su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?
 
                                                    (Borges)



La película Der Golem (1920)  Paul Wegener:
 



Der Golem, wie er in die Welt kam, (1920)

AÑO 1920
DURACIÓN 80 min.
PAÍS [Alemania]
DIRECTOR Paul Wegener
GUIÓN Paul Wegener & Henrik Galeen (Novela: Gustav Meyrinck)
MÚSICA Película muda
FOTOGRAFÍA Karl Freund (B&W)
REPARTO Paul Wegener, Albert Steinrück, Lyda Salmonova, Gotto Gebuhr
PRODUCTORA Projektions-AG
GÉNERO Terror

Sinopsis
Clásico del cine mudo alemán que cuenta la leyenda de El Golem, una estatua que cobró vida en la Praga del siglo XVI, gracias a un rabino, para liberar a los judíos de la brutal persecución a la que estaban siendo sometidos por toda la ciudad. Luego, mucho tiempo después, a comienzos del siglo XX, el Golem es encontrado entre los escombros de una sinagoga, y volverá a la vida de manos de un anticuario. Esta fascinante obra maestra del expresionismo, claro precedente del mito de Frankenstein es, seguramente, la primera gran pelicula sobre monstruos de la historia del cine, si no tenemos en cuenta las dos versiones del propio Paul Wegener, también sobre esta misma leyenda de El Golem y que, desgraciadamente, se han perdido para siempre.

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